viernes, 16 de junio de 2017

Historia en femenino

Más de un centenar de personas nos hemos metido hoy en el teatro cuando lo lógico hubiera sido estar en la piscina. La culpa la tienen Xiqui Rodríguez y su compañía, Teatro del Navegante, que hoy han elegido historia cuando podían haber escogido daikiri, bendita elección. Esta tarde he visto en la sala LAVA Cartas al emperador, una versión dramatizada de la biografía de Carlos V escrita por Roberto García Encinas e interpretada por un elenco de espectros femeninos que han refrescado nuestra tarde a pesar de sus vestimentas medievales. 


©Félix Fradejas

Cartas al emperador cuenta los últimos momentos de la vida de Carlos V y por tanto se desarrolla en el monasterio de Yuste, pero recorre todo el imperio de su protagonista desde un prisma que nunca hubiera imaginado cuando me senté en la sala, el de las mujeres que compartieron su vida. Se puede decir por tanto que es una historia coral, porque se cuenta desde varias persectivas y un espectáculo multidisciplinar, ya que incluye su momento de danza, de música en directo y una videoescena sencilla pero ingeniosamente orquestada con gran acierto por Félix Fradejas. Para tratarse de una figura histórica que no me resultaba nada atractiva, yo iba de sorpresa en sorpresa, y todas agradables.

Me ha encantado Cartas al emperador porque está llena de paradojas que no dan tregua al espectador: una narración femenina con protagonista masculino escrita por un hombre, cambios de registro, flashbacks dentro de otros flashbacks, distintas técnicas combinadas para contar una misma historia, un espacio escénico austero como la corte pero sofisticado como el alma femenina que lo atraviesa, los comuneros de Castilla dejando rodar sus cabezas por la misma tierra de la que acaba de surgir la reina Juana, la lucha entre la pasión y el deber o el dilema de si el deber se puede convertir en pasión....


©Félix Fradejas
Pablo Rodríguez interpreta con acento de Flandes a un emperador que usaba el castellano para hablar con Dios, como ocurre al final de la obra. Cuatro mujeres lo zarandean emocionalmente en estos últimos momentos de su vida: la madre (Béatrice Fulconis, sorpendente desde su aparición en escena), la amante (Inés Acebes, una Germana en plena lucha interior, que me ha emocionado mucho con sus continuos cambios de registro), la esposa (Marta Ruiz de Viñaspre, que puede con todo, hasta con el emperador) y la abuela reina (Olga Mansilla, surgida de su retrato, imponente, arrolladora, aunque breve en su aparición). Xiqui Rodríguez no ha trabajado con actores, sino con un caleidoscopio de emociones diversas (amor, locura, pasión, ambición, ternura, obligación) y ha hilado muy fino para que el trabajo actoral se transforme en tapiz como los que describe Marta Ruiz de Viñaspre en su papel.


©Félix Fradejas
Continuando con la paradoja de este montaje, a pesar de que sus protagonistas son espectros, el espacio escénico multifuncional que ha ideado José Luis Cesteros, se va llenando de vida, ya que los personajes permanecen en él y enriquecen las apariciones posteriores en un juego temporal en el que la analepsis se convierte en rutina. La música de Óscar Martín Leanizbarrutia ampara estos vaivenes temporales maravillosamente. Cartas al emperador ofrece una perspectiva doméstica, femenina, silenciada, de la historia, ficticia, pero posible, porque nos muestra que los momentos en los que el emperador abandonaba su papel de semidiós  y se tornaba humano, surgían de la cercanía de una mujer. Con una precisión documentada gracias a Claudia Möler, el Teatro del Navegante nos ofrece la historia en femenino.

sábado, 10 de junio de 2017

El iceberg de los Max

Quienes me conocen bien, saben que la manzana es mi fruta favorita, así que los Premios Max unen dos de mis pasiones. El lunes me senté ante un bol de ensalada dispuesta a dejarme sorprender por el teatro mientras disfrutaba del broche de oro musical que constituyó Noèlia Pérez. Todo parecía perfecto. Disfruté de la gala como disfruto del teatro, pero a pesar de su combinación de música, humor y danza entre los premios, y de la fantástica sorpresa de Carles Santos, la gala me pareció un enorme iceberg congelado como el manzano blanco del escenario.

El teatro es tan grande como la vida, por eso es inabarcable en una gala anual y sólo vemos los picos del iceberg. El teatro, como el Polo Norte, se derrite, aunque los políticos nieguen la crisis y el cambio climático, pero el lunes no tocaba tragedia. Con una serenidad que ya presagiaba el precioso discurso de Távora (Premio de Honor), se habló de Amor, de tolerancia, de circo, de ganas de trabajar, de equipo, de cultura, de reconocimiento al público, de respeto a la diversidad, de compromiso social, porque un teatro que no provoca la reflexión, que sólo refleja lo que el público quiere ver, no perdurará cuando el público sea otro.


Távora, gigante, con la humildad de los grandes genios

Ni han ganado todos los que me gustaban, ni me gustan todos los que han ganado, pero he disfrutado muchísimo manzana tras manzana escuchando palabras que vertían optimismo sobre el futuro de las artes escénicas, agradecimientos que a veces se transformaban en versos, como en el caso de Ron Lalá (por favor, no encontréis la vacuna que cure la Cervantina) o en danza, como ocurría en los pies de Rocío Molina. La sencillez y el cariño con que han hablado los premiados honra a todas las capas del iceberg que quedaron finalistas o ni siquiera eso, y que a diario hacen un gran trabajo, porque en la escena de este país hay mucho arte.

Rocío Molina expresándose como mejor sabe
El lunes no vi a nadie llorar por no tener un tirador para su cisterna, aunque me consta que muchos lo tienen difícil hasta para pagar a quienes les descargan la furgoneta, no vi alegatos políticos, aunque se habló a las instituciones, no vi el foco puesto en el glamour, sino en el duende. Sólo dos cosas me dejaron congelada como el iceberg: la reivindicación de la visibilidad de la mujer en las artes escénicas y la alusión al boicot por causas nacionalistas.

Como dice El cartero de Pablo Neruda en la famosa película, la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Lo mismo ocurre con las artes escénicas, tienen que ser universales, porque van destinadas a un público universal, pueden tener colores, pero no banderas, pueden tener perspectiva, pero no género. Lo que nos hace crecer, lo que nos enriquece, es la diversidad. Creo que el camino que pondrá fin a la discriminación no pasa por hacer visibles a las mujeres, sino por difuminar los filtros que distinguen a unas de otros, de manera que la letra A no genere horas de debate y el buen hacer sobrepase las etiquetas de género. De hecho, no hay más que echar un ojo a las nominaciones para ver que este año Thalía ha bailado en euskera e interpretado en catalán.

El llamado de Eneko Gil contra el boicot a espectáculos vascos desgarró mi ingenuidad de espectadora, porque al igual que no me fijo en el género de los que suscriben cuando compro una entrada, tampoco lo hago en el color de su bandera. Las artes escénicas no tienen sentido sin su público, y éste es plural, multicultural, global, y por supuesto que tiene una identidad, pero no se siente amenazado por no verla reflejada encima del escenario. Usar el nacionalismo para frenar la cultura es paradójico y el colmo del sinsentido, además de que no es nada moderno: ya lo intentaron hacer los nazis con los artistas degenerados como Mendelssohn y no acabó nada bien.


Eneko Gil desgarrando mi ingenuidad de espectadora

Los que sí acabaron fueron los Max 2017, celebrados el día que nació Lorca. Me fui a la cama pensando en todas las capas bajas del iceberg que no habíamos visto en la gala: la generosidad de la entrega a un trabajo tan efímero, el esfuerzo diario, la imaginación como ciencia aplicada a la escena, la capacidad de transformar emociones y compartirlas con un público tan diverso, latir y respirar en el teatro cuando ya no se concibe otro tipo de vida.

viernes, 2 de junio de 2017

Los navegantes sí que saben

Qué desagradable el último montaje de La Nave, qué incómodo que en el TAC lo hayan programado justo antes de la hora de comer, porque en Europa, tenemos hora de comer, y no nos gusta que el teatro, los informativos o el vecino del quinto que cuelga pancartas en su balcón incluso cuando no hay fútbol, nos la jodan, pero como dice Lola Blasco en Fuegos: las matanzas se perpetúan por las ideas de las naciones bien educadas. Y Europa es un conjunto de naciones bien educadas, de ésas a las que las matanzas les estropean el apetito a la hora de comer. 

Coreografías que daban voz a la impotencia y la rabia

Ése era más o menos mi pensamiento cuando salí de ver Fuegos el domingo, conmocionada por la visión pesimista de denuncia de los navegantes, optimista por los gritos que piden un cambio social, divertida tras haberlos visto cabalgando sobre su propia música por el espacio escénico como las valkirias de Wagner, aterrada de pensar en que Diógenes se equivocaba: hasta el sol pueden quitarnos.

"No hay una tierra prometida en ninguna parte"
Fuegos, con el sello inconfundible de juventud de los navegantes, es un grito desgarrador de denuncia social sobre la actitud de rechazo o indiferencia que muestran algunos sectores de la sociedad ante el drama de la inmigración. No se puede ver Fuegos sin sentir una quemazón en el interior, un pellizco de culpabilidad en el hígado, por lo que creo que la denuncia llega a su diana. Como en otras ocasiones, La Nave hace un trabajo de creación colectiva a partir de la reflexión sobre un tema social, y el planteamiento suele ser visceral, comprometido, un poco dicotómico, un mucho de radical y con un mensaje que se extiende por las gradas como una onda expansiva, porque, ¿de qué sirve ser joven si no puedes lanzar ondas expansivas?

"Si la tierra tiene corazón, ya no se escucha su latido"
El tema abordado en Fuegos es muy complejo, tanto como las diferentes situaciones que impulsan a una persona a abandonar la tierra en que nació: la guerra, el hambre, el miedo. Frente a ellas, las situaciones de quienes los recibimos en una sociedad que no ha sido educada para ser multicultural: la desconfianza, el rechazo, el egoísmo, la inseguridad disfrazada de supremacía, el olvido del pasado reciente. Coordinados muy acertadamente por Nina Reglero y Carlos Nuevo, los navegantes se han atrevido a hacer ese desagradable viaje en el tiempo, a bucear en nuestro pasado y presente, en las espirales de la violencia y la desigualdad (#hatersgonnahate), ésas que les han hecho gritar y correr sobre un espacio escénico exquisito en detalles simbólicos.

Como buen performance, Fuegos es vertiginoso, multidisciplinar, colectivo, espontáneo, sin embargo, sabemos que responde a un proceso de maceración generado durante un viaje en el tiempo que La Nave comenzó a principios de este curso. Es un lujo sentarse en las gradas y recibir como un todo las vivencias destiladas en distintas disciplinas escénicas de este grupo de jóvenes, verlos bailar, interpretar, cantar, tocar instrumentos, dibujar...El texto de Lola Blasco con aportaciones de los navegantes cabalga en el tiempo hacia adelante y hacia atrás, nos muestra a Marah Rayan, con su terrible historia de desarraigo y destierro, y a los navegantes sénior, que rescatan el horror de nuestro pasado más reciente.
 
Lo mejor: los abrazos del final, preciosa canción

Fuegos se ha alzado con el premio al Mejor Espectáculo de la Estación Norte del TAC, un premio al espectáculo, pero también al proyecto, ése que ha mostrado que, a pesar de que Valladolid no tiene mar, las semillas del teatro vallisoletano viajan en barco, por algo estamos en tierra de almirantes. Más allá del mensaje principal de Fuegos, a mí me ha llegado otra denuncia que me ha hecho sentir culpable, con uno de los últimos gritos del espectáculo: ¿Y tú qué sabes? Si hay jóvenes que no saben, es porque los adultos de hoy no se lo hemos explicado bien. El odio y la violencia se retroalimentan en una espiral dialéctica que atraviesa las generaciones, sólo el amor, el arte o el perdón pueden frenar este avance. Los jóvenes navegantes sí que saben.

lunes, 29 de mayo de 2017

LOVE is in the TAC



Es tan raro disfrutar de una noche de 20º en Valladolid como encontrar el amor a través de un viaje sonoro. Ése era mi pensamiento el sábado, cuando caminaba hacia la Casa Museo de Zorrilla a ver Love, el nuevo espectáculo que había preparado José Luis Gutiérrez para el TAC. Como ya he comentado otras veces, hay espectáculos que se disfrutan más allá del momento de su escenificación, y yo ya estaba disfrutando de Love cuando paseaba por las estrechas calles que pisó Zorrilla hace exactamente 200 años.


José Luis Gutiérrez con su saxo
Me cambiaron la entrada por una ramita de romero y me senté bajo una morera en flor que derrochaba aroma y además hizo que yo fuera la única espectadora que no se mojó cuando el cielo se quebró en mitad de la función. Lo que mi vista y mi oído percibieron a continuación, matizado por el perfume de la morera y el frescor in crescendo de la noche pucelana, fue un conjunto de estímulos que bien se podía haber llamado Deconstrucción musical sobre el sentido de la vida, pero se llamó Love, porque según Gutiérrez, si no es por amor, nada merece la pena.

El amor nos somete y libera, nos zarandea o nos mece como un mar embravecido o pacífico, nos devora, nos transforma, a veces arranca en nosotros sonidos estridentes, entra por el corazón y se expande a todo nuestro cuerpo, nos conecta con los cuatro elementos de la naturaleza. Todo eso vivimos el sábado los espectadores de Love mientras comprobábamos una vez más que José Luis Gutiérrez está hecho de música, y por eso no necesita instrumentos para hacer vibrar a su público. 
 
Gutiérrez se presentó ante nosotros encadenado e iniciamos con él su exploración sonora propuesta a través del aire. El espacio escénico se convirtió en un espacio opresor y los movimientos de liberación desencadenaron un torrente de sonidos que convertían en instrumentos los objetos más inesperados, aunando la percusión con la fricción o el deslizamiento, todo ello combinado con los sonidos guturales emitidos por el propio Gutiérrez. 


Con serpientes de mar metálicas
Todos nos sentimos mejor tras esa liberación y al poco nos sorprendió el mar: sonidos acuáticos, borboteantes, el saxofón transformado en barco de vela, navegando por el escenario, serpientes de mar sorprendentemente metálicas que se enlazaron en un ritual de apareamiento o lucha, una caracola silbando, negándose a desvelar el misterio de la proporción aúrea oculto en su interior.

Tras el agua, vino la tierra. Castilla construida a golpe de cayado, las raíces de nuestro folclore musical en el pastoreo, el sonido de un instrumento creado y nacido ante nuestros ojos rompiendo desafiante el silencio de la meseta castellana. Love termina en el fuego, en el galopante corazón de José Luis Gutiérrez, tras demostrarnos que el amor es capaz de convertir una pared de ladrillo en un conjunto sonoro y este conjunto sonoro en la torre Eiffel, porque con amor, siempre vemos La Vie En Rose.
 
Este viaje sonoro por los cuatro elementos es mi personal interpretación de un espectáculo tan especial y único como su creador. Estoy segura de que cada espectador trazó su propio recorrido para llegar a París. Sé que Gutiérrez está hecho de música porque le di al final dos besos que sonaron como dos soles.

Castilla a golpe de cayado

lunes, 15 de mayo de 2017

Pulgarcito desanda el camino

En días como el jueves, que después de cumplir con todas mis obligaciones cotidianas, llené el depósito y conduje hasta Segovia, siempre me asalta un pensamiento recurrente: Esther, necesitas otra vida para vivirla en el teatro...A pesar de que Titirimundi Segovia tenía este año un programa impresionante, yo sólo he podido escaparme a ver a mis amigos de Teatro Paraíso, porque desde que Tomás Fernández me hablara hace unas semanas de su Pulgarcito, la tentación era más fuerte que los kilómetros. Así que allí me senté, en La Cárcel, disfrutando del maravilloso entorno y de la buena compañía de una sala llena de profesionales del teatro, porque la hora no se prestaba al público infantil.


Ramón Monje y Tomás Fernández

Este Pulgarcito es un desafío para el espectador, como esas láminas del psicoanálisis con doble interpretación, porque combina una historia muy actual con el cuento de Perrault y nos conmueve como hacen siempre los de Paraíso, desde la ternura. Hace unos días escribí sobre este tema en una obra de adultos, el camino inverso que recorremos los hijos cuando acompañamos a los padres en su deterioro cognitivo. Pulgarcito nos enfrenta de nuevo a la pregunta: ¿cuáles son las piedras blancas que nos permitirán recuperar al padre (o madre) que nunca quisimos perder?



Déjenos entrar, señora, sólo somos unos niños
Ikerne Giménez nos introduce en un espacio escénico vintage, que a mí ya me transportó a mi infancia de paredes empapeladas y que resulta precioso o siniestro a ritmo de argumento bajo el diseño de iluminación de Javier García. Este espacio se sustenta en dos puntos neurálgicos, el armario, como puerta a otra dimensión y la cama, como punto de encuentro con los recuerdos que nos aferran a la realidad. La música de Iñaki Salvador recorre con los personajes ese espacio escénico en su desdoblada búsqueda de la identidad, el apego, la seguridad, el amor. Cada nota, un paso, cada paso, un nuevo abismo, el corazón del espectador se mantiene en vilo, casi se detiene esperando un final tan anunciado como presentido.

Pulgarcito es el único montaje de esta edición de Titirimundi que no tiene títeres. Ramón Monje y Tomás Fernández asumen la duplicidad de protagonistas (padre e hijo, ogro y esposa, Pulgarcito) y resuelven magistralmente la aparición del resto de personajes con objetos. El humor es la cortina que permite el cambio de escenario entre las dos historias paralelas, paradójicamente marcadas por un intenso dramatismo. Los cambios de registro se apoyan en la entonación, los pequeños detalles de vestuario, o las entradas y salidas del armario. 

Con Tomás Fernández y Ramón Monje
Iñaki Rikarte y Tomás Fernández escriben un texto largo, pero sin elementos gratuitos, que da sentido a esas idas y venidas por el escenario de los distintos personajes. Rikarte me sorprende por segunda vez en menos de un año, con un registro totalmente distinto, y demuestra lo que dije de él en aquella ocasión, que tiene el don de la ubicuidad. Fernández y Monje son un tandem actoral tan cohesionado, que da valor a cualquier texto al que se enfrenten. La mitad del texto se debe contar en las acotaciones, porque la expresión corporal y la interacción de los protagonistas explica el hemisferio emocional de una historia bastante cruda en su literalidad. 

No tenga miedo señora, sólo somos unos niños. Viendo este Pulgarcito me he dado cuenta de que lo que nos convierte en adultos es el miedo, la prisa y, sobre todo, la ausencia de abrazos. Abrazamos a los dos extremos del camino, a aquellos que consideramos más débiles, susceptibles de abandono, a aquellos a los que a veces, por esa prisa, no les dedicamos el tiempo que merecen. Con este Pulgarcito los espectadores adultos hemos recorrido el camino entero, hemos reencontrado la inocencia del niño que un día fuimos y nos hemos enfrentado a la ingenuidad del anciano que todavía guarda mendrugos en sus bolsillos. Me despedí de Monje y de Fernández con un abrazo merecido, pero se me olvidó pedirles las piedrecitas blancas para encontrar de nuevo el camino al Paraíso.

Pulgarcito_Teaser from TEATRO PARAISO on Vimeo.

domingo, 14 de mayo de 2017

Siglo de Oro hilarante desde Shakespeare a Cervantes

Si no fueran los ronlaleros quienes venían al Calderón, jamás me habría atrevido a proponerle a mi hija de catorce años, en plena semana de exámenes, que viniera conmigo a un montaje sobre fragmentos teatrales del Siglo de Oro, con intención pedagógica, envoltorio sarcástico y resultado hilarante. Pero sí, eran Ron Lalá, y no me lo habría perdido por nada del mundo, a pesar de la lluvia, del miércoles y del derbi futbolístico que había copado todos los informativos de la jornada. La sala estaba llena: el teatro le había ganado de nuevo al fútbol.


Álvaro Tato e Íñigo Echevarría planeando un asesinato ©David Ruiz

El homo sapiens es un ser reiterativo, nuestra historia se repite, y eso hace que los clásicos estén siempre de actualidad, pero, ¿de qué sirve ser actual si no llegas a tu público?  Ron Lalá ha encontrado la solución, el formato que hace atractivo el teatro barroco para el público más ajeno. Según he podido observar, esta fórmula consta de los siguientes ingredientes: estudio preliminar profundo de los textos clásicos de referencia, música temática interpretada en directo, excelencia directiva, ingenio sin límites, interacción con el público y referencias actuales. Todo ello acompañado de un trabajo actoral magnífico. Con estos ingredientes, Ron Lalá es capaz de encandilar en verso incluso al público más lejano al Barroco, a los adolescentes, que llenaban la mitad de la sala.

En Siglo de Oro siglo, siglo de ahora el público sabe que se lo va a pasar bien desde el primer minuto. Una comparsa nos recoge en mitad de la platea y nos transporta en el barco del carnaval que preside una escenografía simplísima pero maravillosamente amortizada. Yo soy de la opinión de que el público se divierte cuando en una obra se ríe de uno mismo, viendo reflejados sus defectos en los personajes y en Siglo de Oro, siglo de ahora nos hemos reído de la sociedad actual, en la que nuestros ídolos no son precisamente poetas, sino personajes que se expresan como si escribieran un sms la mayoría de las veces.


Un maravilloso tercio de cinco ©David Ruiz

Con un vestuario de Tatiana de Sarabia sencillo pero versátil y una magnífica escenografía minimalista, los componentes de Ron Lalá acceden al espacio escénico vestidos de luz y de palabra. En hora y media la iluminación de Miguel Ángel Camacho y la capacidad articuladora de los protagonistas han conseguido que pasemos con éxtasis por las distintas piezas de breves que componían su Folía en una precipitada carrera de personajes (Thalía, Lope, Cristiano Ronaldo, Cervantes, Shakespeare, un licenciado muy pedante, el pueblo de Fuenteovejuna, un enamorado con pocas habilidades oratorias) y temas (la crisis, la literatura, el teatro, el amor, la traición, la envidia, la avaricia del poderoso, la indignación de la sociedad...). Conclusión esta locura convertida en creación colectiva sale bien porque el capitán del barco es Yayo Cáceres.


Locura orquestada por Yayo Cáceres ©David Ruiz

Ya he dicho que me ha encantado el trabajo actoral: de Juan Cañas me quedo además con su guitarra, de Íñigo Echevarría su metateatro, de Miguel Magdalena su Thalía desvergonzada, de Álvaro Tato su Hamlet con instintos shakespearicidas (además del impresionante trabajo de versificación de la creación colectiva) y de Daniel Rovalher su complicidad con el público. Gracias a todos por rescatar el verso del cajón de la élite, por reíros de todo con tanto cariño, por hacernos felices durante hora y media, por destilar lo mejor de los clásicos para los jóvenes, por hacer una Fuenteovejuna flamenca y por cubrir todo lo que tocáis con ese precioso envoltorio musical tan vuestro. No es casualidad que esta obra consiguiera en 2013 el premio Max deseado de las artes escénicas en España, en esta ocasión el de Mejor Empresa o Producción privada de artes escénicas, aunque eso sólo fue el principio. Gracias por hacer el Siglo de Oro hilarante.





lunes, 8 de mayo de 2017

La música es FAscinante

No es ningún secreto que me encanta la música, así que celebrar el Día de la Madre con un concierto didáctico, que además es el colofón del XII Festival de Jazz de Castilla y León en el LAVA, era para mí un plan inmejorable. La combinación jazz y circo que acompañaba al título del espectáculo, Tatatachán, nos dejó a mi hija de siete años y a mí con grandes expectativas, cada una atraída por uno de los términos.

José Luis Gutiérrez, inundado de corcheas ©CHUSMI10

Un buen músico es aquél que consigue contactar con su público más allá de los gustos o la formación musical de éste. José Luis Gutiérrez es un músico FAnstástico y él lo explica así: la música que llega al corazón es la que sale del corazón. Convertir un concierto didáctico de jazz en un espectáculo sinestésico, captar la atención del público menudo con números circenses llenos de ritmo, hacer partícipes y protagonistas a los espectadores en cada momento de la partitura, contagiar entusiasmo y llenar de corcheas hasta el chaqué, no son más que los efectos de este corazón tan musical.

Paula Semprum volando ©CHUSMI10
Tatatachán es el protagonista mudo, anclado al piano hasta el final, de un espectáculo visual y sonoro que ha hecho malabares con nuestras emociones, entre otras cosas. Su hilo argumental es la música, pero su forma de conectar con el público, de aplicar la didáctica que el etiquetado del espectáculo propone, es el circo. Se trata de una relación simbiótica gracias a la dirección de José Luis Gutiérrez, en la que la música se nutre de la fantasía y el dimamismo del circo, y éste se aprovecha del ritmo, la sonoridad y las melodías de la música. Esta simbiosis está sustentada por una iluminación de Antonio Nó que tan pronto recrea el ambiente bajo una carpa como nos lleva a la luna. El empoderamiento del espectador convertido en protagonista y cooperante necesario hace que salgamos del concierto con la sensación de haber hecho nuestras propias acrobacias musicales.

Cuántas cosas hemos aprendido con Tatatachán, a pesar de que su boca de calderón no hablaba, sólo sonreía. Las notas musicales, la FAntasía, el ritmo, la melodía, el cantar de los pájaros, la importancia del equilibrio en cualquier disciplina artística, el acompañamiento musical. Transversalmente, con la suavidad de las lluvias de primavera tardía, nos han calado estos conceptos musicales mientras nos sorprendíamos con la habilidad para los malabares del Tío Pelotas (Manuel Gigosos) y Timbre (Rodrigo Pajarillo) temblábamos expectantes viendo a Pandereta (Paula Semprum) sobrevolar el saxo junto a la luna en un Moon River lleno de ternura, le llevábamos la contraria a José Luis Gutiérrez, o marcábamos con nuestros pies los distintos tipos de compás.

José Luis Gutiérrez, Manuel Gigosos y Rodrigo Pajarillo ©CHUSMI10

Tatatachán nos ha hecho reír, cantar, bailar, tararear, palmear y hasta pensar. Cuando ya nos tenía enganchados con el piano, Gutiérrez tiró de saxo y ya no queríamos irnos de allí. La complicidad que he sentido intercambiando miradas con mi hija durante el concierto (me encanta, mamá) ha sido mi mejor regalo en este Día de la Madre. Los espectadores de Valladolid no queremos esperar todo un año al próximo Festival de Jazz para tener otro concierto didáctico, necesitamos más, porque la música es FAntástica, FAbulosa, FAscinante.