martes, 31 de enero de 2017

La King's Cross de Gonzalo Granados

El domingo fue mi cumpleaños y este año os puedo asegurar que he tenido un cumpleaños mágico, no sólo porque ir al Desván del Calderón con mis hijos pequeños ya es de por sí una fiesta, sino porque hemos estado en la estación de tren de Blim Blam, el espectáculo más infantil de Gonzalo Granados, mago, actor, cantante ocasional y transformador de espacios escénicos, porque al salir de allí nada era lo que nos había parecido ver en un principio. Un espectáculo mágico, musical, estéticamente hermoso y sorprendente. No apto para aquellos padres que se ven en la necesidad de explicarle todo a sus hijos, porque la magia no tiene explicación, pero ¿se puede ser niño sin creer en la magia?

Gonzalo nos recibió en una estación de tren mágica, como la londinense King´s Cross de Harry Potter, y aunque no tuvimos que atravesar ningún andén, dejamos atrás lo conocido y nos adentramos en un universo de maletas extravagantes de las que surgían historias diferentes. La escenografía era idea de Granados materializada por esos transformadores de sueños que ya conocemos de otros espectáculos: Eva Brizuela e Israel Robledo. Evocadora, divertida, colorida y versátil. De esta escenografía salieron a saludarnos diversos personajes que se conviertieron en imprescindibles nada más aparecer sobre el escenario: la vaca Josefina, un ratón, un montón de mariposas... Una simbiosis de la escena hace que Teloncillo (con especial mención a Ana Gallego) asesore a Gonzalo Granados en dramaturgia para bebés y  éste ayude a Teloncillo en cuestiones de magia, una relación que se percibe y se disfruta, redundando en la calidad de los espectáculos de ambos. Además, Gonzalo no estaba solo, sino acompañado por Manolo Gax con una guitarra que tan pronto rasgaba como el tren en las vías, como nos acompañaba a la luna sobre el Unicornio azul de Silvio Rodríguez, o versionaba canciones infantiles que podíamos tararear todos. 

En la estación de Gonzalo Granados
Hacer magia para niños pequeños es muy difícil, porque lo que caracteriza a la magia es su velocidad, más allá del ojo del espectador. En el caso de un espectáculo infantil, los niños necesitan otro ritmo más pausado, porque no juegan a encontrar el truco, no buscan una explicación, sólo quieren disfrutar del efecto mágico en sí, y si pasa demasiado rápido, se lo pierden. Desde mi punto de vista, Gonzalo Granados ha conseguido en Blim Blam encontrar ese ritmo que necesita el público infantil creando un ambiente familiar, con un tono reposado y suave, en el que todo surge de manera natural y los números de magia no se perciben como partes estancas, sino como sucesos extraordinarios dentro de una historia que es extraordinaria de por sí. Mientras los adultos nos preguntábamos cómo lo había hecho, nuestros hijos han viajado a las estrellas, han visto volar a un pañuelo de seda, vaciar una jarra de leche en un cucurucho de papel o aparecer pelotas en los sitios más inesperados, entre una larga lista de hechos tan inexplicables como asombrosos para ellos.

Blim Blam merecería tener alguna función para escolares,porque yo diría que es adecuado para niños entre 3 y 8 años, y la magia es la gran olvidada del currículum escolar. La sorpresa es el elemento esencial de la magia y el domingo no dejamos de sorprendernos, aunque también nos reímos, cantamos, contuvimos la respiración expectantes por ver qué aparecía en esas manos y ayudamos a Gonzalo con sus palabras mágicas Blim Blam en todos los trucos menos en el último, porque no queríamos que encontrara su billete de tren y se pudiera ir.



sábado, 28 de enero de 2017

Caperucita devoralobos

Por fin llegó el día, esta tarde he visto en el Teatro Calderón Caperucita. Lo que nunca se contó... de Teloncillo, con tan altas expectativas y tantas ganas de saber qué era eso que nunca se había contado del cuento de Perrault, que tenía el mismo nivel de emoción que mi compañera de la butaca de al lado, a la que calculo unos seis años. Me ha encantado, me han sorprendido y además me lo he pasado de lo lindo durante los 65 minutos que dura aproximadamente la representación. Una Caperucita con el sello de Teloncillo: divertida, sorprendente, musical, tierna y sobre todo, adecuada al lenguaje de su público (a partir de 5 años y público familiar ponen ellos, aunque yo bajaría a 3 ó 4 años). Expectativas satisfechas.


Ya he dicho más veces que Caperucita es mi cuento favorito, porque tiene unos personajes muy divergentes y su enfrentamiento dialéctico en el espacio escénico da mucho juego. Eso sí, es una historia tan conocida, que es muy peliagudo enfrentarse a ella y ofrecer una perspectiva nueva. Teloncillo lo ha conseguido y encima nos ha ofrecido su versión de la historia envuelta en una fantástica banda sonora original escrita e interpretada en directo por Suso González. No se trata sólo de canciones, aunque también las hay, sino de una simbiosis perfecta entre momentos emocionales de los personajes y una música muy actual, tan ajustada al texto como la caperuza a la cabeza de la protagonista.

Cuando se trabaja con un cuento clásico, hay dos normas inviolables: que se mantenga la esencia para poder ser reconocido y que se ofrezca algo nuevo al espectador. Claudio Hochman, autor y director de este montaje, nos invita a jugar en el precioso bosque diseñado por Juan Carlos Pastor (una fantástica y versátil escenografía con utilería divertida y evocadora a cargo de Eva Brizuela e Israel Robledo), en el que uno nunca sabe a cuál de los cinco personajes se va a encontrar, y si puede ser un encuentro afortunado o no. Cuatro actores componen el elenco y realizan un trabajo magnífico, no sólo porque Hochman muy sabiamente ha exprimido todos los temas posibles de este cuento y ha tergiversado algunos roles para dar más giros inesperados a la historia, sino porque en el trabajo actoral se percibe una dirección muy concienzuda y un aprovechamiento muy certero del lenguaje mímico y la expresión corporal amparados por la música, como he dicho antes. Los niños más pequeños, que aún están desarrollando sus capacidades del lenguaje, no sufren la dependencia del texto que a veces sentimos los adultos, y son unos increíbles receptores de este lenguaje corporal, al que ellos ponen significado más certeramente a veces que nosotros. Caperucita lleva en su cesta un todo indisoluble compuesto por música, escenografía, iluminación, interpretación y dirección que llega a su público a través de todas las vías de comunicación, y eso se nota porque este público interviene con frecuencia interpelando a los personajes, creyendo que está dentro del bosque: cuidado, es el lobo, no abras....

Con todos en el bosque

Ángeles Jiménez se desdobla vertiginosamente entre una abuela poco convencional aunque bastante confiada y una madre hipercontroladora y asustadiza. Me pregunto cuántos kilómetros hará en cada representación cruzando el bosque de extremo a extremo para interpretar a sus dos personajes. Juan Luis Sara, el padre de Caperucita, es el cazador más tierno que yo he visto en mi vida, ¡qué ganas de darle un abrazo! Fantástico caminando por el bosque al ritmo de la música. Silvia Martín es una Caperucita hiperactiva y locuaz, divertida, fructívora, moderna, segura de sí misma y apasionada por la lectura y el color azul. Nos ha hecho reír muchísimo su intercambio de rol con Javier Carballo, un lobo inseguro, emocionalmente inestable, necesitado de afecto y muy, muy hambriento. El título de esta crítica se debe a este intercambio de roles, pero no voy a deciros quién se come a quién, porque quiero que vayáis a verla y disfrutéis como lo he hecho yo, que además me he enamorado del lobo (típico enamoramiento por compasión, porque como lobo es un auténtico desastre).



Caperucita. Lo que nunca se contó.. encierra dos mensajes distintos, uno para adultos y otro para niños. Los niños, entre carcajada y carcajada han recibido una cascada de valores (fomento de la lectura, buenos hábitos alimenticios, tolerancia) y un mensaje principal: sé tú mismo, persigue tus sueños, aunque para ello tengas que enfrentarte a tus miedos. Como adulta yo he percibido un mensaje en forma interrogante: ¿estamos preparados para que Caperucita piense por sí misma, elija qué camino quiere en el bosque y hasta se eche novio? Id a verla, porque es maravillosa y yo además necesito abrir este debate.



jueves, 19 de enero de 2017

Soñar sin salir de casa

Cuando me han visto esta mañana los empleados del Teatro Calderón por segunda vez en menos de 24 horas, no se han sorprendido especialmente, porque ya saben que soy espectadora reincidente, pero el comentario general es que debía poner un colchón en la buhardilla y ya sería mi casa. En cierto modo, dicha predicción se ha cumplido, porque hoy nos hemos sentido como En casa mi hijo pequeño y yo, con Caramuxo Teatro en el Desván del Calderón. Como En casa nos hemos reído, hemos jugado, hemos bailado, hemos inventado historias y sobre todo, hemos soñado.

Con Juan Rodríguez y Laura Sarasola En casa

El teatro te lleva a mundos distintos cuando aún no tienes el privilegio de saber leer, como es el caso de los bebés. El teatro de Caramuxo hace que tu mundo sea distinto, sea especial, con lo que ya tienes al alcance de la mano. Hemos viajado en cuarenta minutos de una parroquia a una ciudad pasando por la luna y hemos visto que cada casa, como cada persona, brilla con una luz especial, como la que Juan Rodríguez y Laura Sarasola han compartido hoy con nosotros. Con una escenografía artesanal impresionante, un espacio sonoro maravilloso y una iluminación cuidada al detalle, han conseguido llevarnos de la mano a su universo mágico de lo cotidiano, a su casa.

Detrás de una trompa, a veces está Laura
El espectáculo de hoy reune todos los requisitos que debe tener cualquier montaje para captar la atención de un bebé de principio a fin: dulzura, música, luminosidad tenue, sorpresas, personajes extravagantes y entrañables, humor, ritmo pausado, un texto sencillo y repetitivo y una estética llamativa pero no estridente. Si a todo eso le añado que nos recibieron un acordeón y un clarinete acompañados por una suave pero pertinente percusión, tenemos el secreto de la felicidad escénica: ayer salimos muy contentos del teatro, relajados, optimistas y muy, muy cantarines. Llevar música en directo a un espectáculo para bebés supone hacer una apuesta por la calidad que pocas compañías se permiten, puesto que el precio no suele repercutir en el espectador, pero sí en la producción y distribución. Por eso valoro mucho el esfuerzo que hacen algunas compañías como Caramuxo Teatro para que nuestros bebés, que con frecuencia llevan escuchando música desde el vientre materno, descubran de dónde sale esa música, cómo se producen los sonidos y que, detrás de una trompa, no siempre hay un elefante. 



En casa es como una matrioska, Juan Rodríguez y Laura Sarasola juegan con las expectativas del espectador utilizando su sofisticada escenografía. Poco a poco van abriendo las puertas de las casas y desvelando misterios de cada historia que se intuyen debido a pistas sonoras. A partir de los 8 meses, los bebés desarrollan la noción de causalidad, lo que implica que pueden hacer pequeñas deducciones como que en la casa en la que suena swing se baila o en la que se oye llanto hay un bebé, así que las expectativas de los espectadores de En casa crecen al mismo ritmo que la parroquia de Juan y Laura se transforma en ciudad. A partir de este sencillo argumento, el espectáculo tiene una conjunción de elementos que lo hacen hermoso y nos transmiten valores indispensables como la coeducación, la multiculturalidad, la convivencia...Mientras tanto, las canciones surgen con la misma naturalidad con que se ven las estrellas al subir al tejado, y cuando ya no creíamos poder sorpendernos más, apareció Rita y desató un torrente de carcajadas en los más pequeños con sólo maullar.

Rita

Me ha gustado mucho En casa y me ha gustado conocer a Caramuxo Teatro. Pocas compañías como ellos hablan la lengua de los bebés. Caramuxo hace honor a su nombre y enlazando textos, música, escenografía y demás, encuentra la proporción áurea de las espirales en la naturaleza, ésa que determina la belleza estética de las auténticas obras de arte

lunes, 16 de enero de 2017

En el corral de María Parrato

Hoy mi casa ha parecido más que nunca un gallinero, porque llevamos todo el día hablando de gallinas, o mejor dicho, de Gallinas y madalenas, el espectáculo de Títeres de María Parrato que íbamos a ver por la tarde en el Teatro Calderón. El título era muy sugerente y abría todos los frentes de debate: mamá, ¿ las gallinas vuelan?, mamá, ¿las gallinas cocinan?, mamá, ¿las gallinas comen magdalenas?. Intrigadísimos llegamos al teatro y nos encontramos allí una escenografía bastante sofisticada a pesar de lo rústica: toda una cocina artesanal con varias alturas y recovecos para contar historias, porque en las cocinas cada rincón tiene su propia historia, y hasta un horno eléctrico, que resultó no ser de juguete.


Gallinas y madalenas tiene todos los ingredientes escénicos para encandilar a su público: humor, ternura, personajes animados, canciones y dichos populares, sorpresas, historias entrelazadas, adivinanzas y mucha, mucha dulzura. Se advierte que puede contener trazas de fábulas y personajes mitológicos de color verde. María José Frías, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud, y Mauricio Zabaleta, calzados con sendos delantales por todo vestuario, nos han llevado de la cocina al corral, al patio, a la aldea, a la granja, a la plaza del pueblo y a tantos sitios que muchos adultos tenemos como escenarios de nuestra infancia y pocos niños conocen más allá de las vacaciones con los abuelos.

Los protagonistas de Gallinas y madalenas son Max y Tere, dos cocineros más o menos improvisados que se reencuentran tras años sin verse y emprenden la elaboración de unas magdalenas. Esta receta tradicional es la excusa para enfrentar a dos personajes opuestos: ella, la alegría, el juego y la espontaneidad, él, la seriedad y el deber. Mientras cocinan, surgen de entre sus manos nuevos personajes con historias perfectamente hilvanadas, sustentadas en un texto sencillo, sonoro, reiterativo, que capta a los espectadores más pequeños entre carcajada y carcajada. El espacio sonoro se puebla de onomatopeyas y canciones populares, y la receta va progresando a pesar de la tremenda dificultad que yo encuentro en equilibrar y mezclar ingredientes a la vez que se cuenta la historia con total naturalidad. Ni Stanislavski ni nada, si eres capaz de batir huevos, declamar y despertar emociones en un público de 3 a 99 años, ya puedes con todo.

Mientras se calienta el horno y reposa la masa, de las manos de María José Frías y Mauricio Zabaleta vemos surgir varios personajes que cuentan las historias secundarias. Estos personajes están formados por elementos propios de la cocina (guantes, una aceitera, paños, una pinza...), por lo que en ningún momento se abandona el escenario principal, la cotidianeidad y calidez de la cocina, pero al mismo tiempo nos llevan a espacios escénicos diversos (el corral, la madriguera de la zorra, el prado), universos concéntricos que son invadidos al final de la obra por un intenso olor a magdalenas recién hechas. 


Con Mauricio Zabaleta y Mª José Frías en la cocina
Gallinas y madalenas tiene un final muy dulce, no sólo porque el basilisco no fulmina a nadie con su mirada, sino porque además, Max y Tere invitan a magdalenas recién hechas a todos los niños que se acercan al escenario, entre ellos, mis hijos. Mi hija me ofreció un trozo de magdalena y me lo comí con pena, como si devorase parte del acto creativo que había presenciado. Títeres de María Parrato nos ha llevado a su casa, hemos entrado por la cocina y hemos llegado hasta el corral, tan cercanos los hemos sentido que hemos intuido desde el principio que esas magdalenas, ese acto creativo, eran exclusivamente para nosotros, y así los hemos disfrutado. El año pasado ya vimos Ping, el pájaro que no sabía volar, y nos encantó, así que entiendo que esta compañía tiene la receta para enamorar al público infantil envolviendo en títeres toda esa poesía que llevan dentro y vertiéndola sobre un escenario. 



martes, 10 de enero de 2017

Shakespeare en el bolsillo

La risa se contagia, la felicidad también, y el buen teatro tiene el poder de evocar a las dos. Hoy mi hija mayor y yo hemos sido muy felices en el Teatro Calderón viendo Romeo y Julieta de bolsillo, una versión de la Compañía Criolla sobre la famosa obra de Shakespeare. Ha sido un espectáculo que no sólo nos ha divertido, sino que nos ha hecho crecer en el amor, el amor por los textos clásicos, por las artes escénicas y por la dramaturgia que hace cómplice al espectador de su propia carcajada. Estos criollos han tomado prestado el texto clásico y, como si fuera un mate, lo han cebado con un lenguaje actual, limando los entresijos argumentales, simplificándolo pero manteniendo la fidelidad a la historia, edulcorándolo ligeramente con un incomparable sentido del humor, pero respetando el amargor del mate hasta un final que se sospecha incierto.

Me ha encantado ir al teatro con mi hija adolescente y verla disfrutar como ha ocurrido esta noche, porque lamentablemente hay pocas obras dirigidas a niños entre 11 y 16 años. Se trata de un público difícil, a veces apático, acostumbrado a los sistemas de ocio pasivo (cine, televisión, videojuegos, youtube), y que requiere para motivarse un feedback casi inmediato que en teatro puede resultar extenuante (como representar a once personajes con dos actores, convertir una tragedia en comedia, hacer metateatro continuamente e interpelar al público cuando menos se lo espera), cosas que no todas las compañías se atreven a acometer. Gracias, Compañía Criolla, por atreveros. Romeo y Julieta de bolsillo se ha metido en el bolsillo al público de Valladolid desde el primer minuto de esta actuación.

La adaptación del texto de Shakespeare es de Emiliano Dionisi, dramaturgo, actor y director de teatro a quien he tenido el placer de saludar hoy a la salida del teatro y de quien puedo decir que, o tiene información privilegiada sobre el fin del mundo y por eso se da prisa, o es de estas personas a las que la inspiración los sorprende trabajando, porque no para y su currículum se duplica porque cada trabajo va acompañado de una mención, un premio o un reconocimiento, a pesar de su juventud. Él mismo encarna a Romeo, a otros personajes masculinos, y a alguno femenino. A su lado Julia Gárriz, como Julieta y el resto de personajes. El trabajo actoral es lo que más me ha gustado hoy, junto con el texto, por algo nos hemos comprado el libro. Ambos actores llevan todo el peso de la obra: armados con tizas como los profesores analógicos de nuestra época, con un vestuario mínimo y unos cuantos objetos, son los encargados de contar la historia, conectar con el público, emocionarlo, sembrar dudas sobre el argumento, provocar risas y más risas, enamorar y, cuando todos queríamos más, reencontrarnos en un final feliz, o no. Nunca he escuchado tantas carcajadas en un mausoleo.

¿Cómo se convierte una tragedia en comedia? Riéndose de uno mismo para empezar. De esta forma, suben a escena dos personajes ridículos que nos amenazan con un soporífero fervor shakesperiano. A partir de ahí, los dos pilares del texto son la ironía y el sarcasmo, y el trabajo actoral está encaminado a la ridiculización del personaje desde la ternura, habiendo hecho sus defectos tan entrañables previamente que el púbico muchas veces se está riendo también de sí mismo a través de la identificación con estos personajes, con sus debilidades y sus claroscuros. Además, se juega continuamente con el contraste entre lo clásico del argumento y los atisbos de modernidad de la adaptación, por ejemplo, la obra comienza con un aria clásica pero Romeo y Julieta se enamoran bailando un mambo y hay personajes que son muy caricaturizados en su versión moderna, como Paris. Las referencias, no obstante, al texto clásico, son continuas, con lo que en ningún momento se abandona del todo la tragedia.

Decir que Shakespeare y sus temas son de total actualidad es caer en el tópico, pero transmitírselo así a un público adolescente es hacer teatro con mayúsculas. Conseguir que una obra escrita en el siglo XVI sea atractiva a este tipo de público es el auténtico final feliz de Romeo y Julieta de bolsillo, una adaptación que estoy segura de que le habría gustado mucho a William Shakespeare. Apuesto a que muchos jóvenes de los que van a ver esta obra a su paso por nuestro país, saldrán decididos a llevar a Shakespeare en sus bolsillos.



jueves, 5 de enero de 2017

Con Pepa en el desván

He empezado mi año escénico en lo más alto de la casa y en la mejor de las compañías: en el desván con la compañía EscenotecaPepa Muriel y su precioso montaje sobre cuentos clásicos: El desván de los hermanos Grimm, en el Teatro Duque - La Imperdible. Este desván, o doblao, como se llama a esta parte de la casa en algunas zonas de Extremadura y Huelva, encierra un atractivo en forma de paradoja: en su silenciosa penumbra, objetos supuestamente inservibles nos hablan con precisión de la historia de aquellos que los han abandonado. Pepa surge entre el público, y con la naturalidad de los grandes magos, hace evocar de esos objetos olvidados (una cuna, un espejo, una antigua radio) historias de niños que enlazan con historias para niños recopiladas por estos dos hermanos alemanes a mediados del siglo XIX, todo ello bajo la atenta mirada de un minino que juega en las alturas.

Pepa a punto de tentarnos con su manzana
Trabajar con cuentos clásicos es peliagudo: tiene la ventaja de que la mayoría de los niños conoce la historia y el inconveniente de que por eso mismo les puede aburrir. Versionar la historia es divertido, pero también arriesgado, porque a los niños a veces no les gusta que se contradiga la versión que les han contado en casa. Los cuatro pilares para no fracasar trabajando con cuentos clásicos son: mantener la esencia del cuento, introducir el humor, crear complicidad con el público y trabajar las expectativas. El espectáculo de ayer los tuvo todos, y sobre estos cuatro pilares llegará a Gijón en FETEN 2017.

¿Qué ocurre en El desván de los hermanos Grimm? Pepa Muriel, que es una gran contadora de historias, enlaza la narración oral con la dramatización utilizando como hilo conductor los objetos de la escenografía y, al igual que la protagonista del primer cuento (El enano saltarín), se las apaña para tejer su historia con ayuda de personajes reales y ficticios que cobran vida en su persona en un alarde de multiplicidad hiperactiva sobre el espacio escénico. Pepa no permanece sola sobre el escenario, en todas las historias necesita figurantes e incluso coprotagonistas, y recurre al público que responde encantado. Hemos ululado como lechuzas, hemos conocido a un lobo de mar, aprendido una nana de Celia Viñas, espiado a un malvado enano en lo profundo del bosque, viajado en camello y rechazado una manzana supuestamente deliciosa, pero nos han invitado a galletas al salir. 


El desván de los hermanos Grimm tiene un extraño y paradójico efecto sobre su público: hace crecer a los niños y convierte en niños a los adultos. Pepa genera las expectativas en los niños desde que se presenta, y se gana su complicidad cuando desciende del universo poético que previamente ha creado sobre el escenario e invita a su público a acompañarla en él. Los niños crecen en el escenario, sienten que por un momento llevan las riendas de la historia, que son los protagonistas y si dicen una frase distinta de lo esperado, el ciclo de acontecimientos podría cambiar, es un empoderamiento del espectador. Los adultos nos hacemos niños porque Pepa Muriel nos retrata en escenas de la infancia que podían haber pertenecido a cualquiera de nosotros. Ayer me costó mucho no cerrar los ojos para ver escenas de mi propia infancia y me costó mucho no levantar la mano cuando Pepa pedía voluntarios para subir con ella al escenario, menos mal que al final, me dejaron sentarme en el baúl.

Con Pepa Muriel en el baúl

La escenografía y el vesturario de esta obra no son especialmente sofisticados, sin embargo son altamente evocadores como ya he comentado. Las conclusiones no se ofrecen al espectador en forma de moraleja al final de la historia. Es el espectador el que las destila tras haber vivido en sus carnes la angustia de los personajes en situaciones límite, tras haber sido parte de ese espacio escénico y a veces de ese espacio sonoro. La cuidada iluminación nos va descubriendo los entresijos de este desván que guarda secretos para cada uno de nosotros. Escenoteca sabe muy bien lo que hace y cómo lo hace, y que los niños de hoy no están sólo para que les cuenten cuentos, porque también tienen mucho que contar. Salimos de la sala con la imaginación en plena ebullición y bajo la promesa de galletas, pero una parte de nosotros se quedó allí, con Pepa en el desván.