jueves, 5 de enero de 2017

Con Pepa en el desván

He empezado mi año escénico en lo más alto de la casa y en la mejor de las compañías: en el desván con la compañía EscenotecaPepa Muriel y su precioso montaje sobre cuentos clásicos: El desván de los hermanos Grimm, en el Teatro Duque - La Imperdible. Este desván, o doblao, como se llama a esta parte de la casa en algunas zonas de Extremadura y Huelva, encierra un atractivo en forma de paradoja: en su silenciosa penumbra, objetos supuestamente inservibles nos hablan con precisión de la historia de aquellos que los han abandonado. Pepa surge entre el público, y con la naturalidad de los grandes magos, hace evocar de esos objetos olvidados (una cuna, un espejo, una antigua radio) historias de niños que enlazan con historias para niños recopiladas por estos dos hermanos alemanes a mediados del siglo XIX, todo ello bajo la atenta mirada de un minino que juega en las alturas.

Pepa a punto de tentarnos con su manzana
Trabajar con cuentos clásicos es peliagudo: tiene la ventaja de que la mayoría de los niños conoce la historia y el inconveniente de que por eso mismo les puede aburrir. Versionar la historia es divertido, pero también arriesgado, porque a los niños a veces no les gusta que se contradiga la versión que les han contado en casa. Los cuatro pilares para no fracasar trabajando con cuentos clásicos son: mantener la esencia del cuento, introducir el humor, crear complicidad con el público y trabajar las expectativas. El espectáculo de ayer los tuvo todos, y sobre estos cuatro pilares llegará a Gijón en FETEN 2017.

¿Qué ocurre en El desván de los hermanos Grimm? Pepa Muriel, que es una gran contadora de historias, enlaza la narración oral con la dramatización utilizando como hilo conductor los objetos de la escenografía y, al igual que la protagonista del primer cuento (El enano saltarín), se las apaña para tejer su historia con ayuda de personajes reales y ficticios que cobran vida en su persona en un alarde de multiplicidad hiperactiva sobre el espacio escénico. Pepa no permanece sola sobre el escenario, en todas las historias necesita figurantes e incluso coprotagonistas, y recurre al público que responde encantado. Hemos ululado como lechuzas, hemos conocido a un lobo de mar, aprendido una nana de Celia Viñas, espiado a un malvado enano en lo profundo del bosque, viajado en camello y rechazado una manzana supuestamente deliciosa, pero nos han invitado a galletas al salir. 


El desván de los hermanos Grimm tiene un extraño y paradójico efecto sobre su público: hace crecer a los niños y convierte en niños a los adultos. Pepa genera las expectativas en los niños desde que se presenta, y se gana su complicidad cuando desciende del universo poético que previamente ha creado sobre el escenario e invita a su público a acompañarla en él. Los niños crecen en el escenario, sienten que por un momento llevan las riendas de la historia, que son los protagonistas y si dicen una frase distinta de lo esperado, el ciclo de acontecimientos podría cambiar, es un empoderamiento del espectador. Los adultos nos hacemos niños porque Pepa Muriel nos retrata en escenas de la infancia que podían haber pertenecido a cualquiera de nosotros. Ayer me costó mucho no cerrar los ojos para ver escenas de mi propia infancia y me costó mucho no levantar la mano cuando Pepa pedía voluntarios para subir con ella al escenario, menos mal que al final, me dejaron sentarme en el baúl.

Con Pepa Muriel en el baúl

La escenografía y el vesturario de esta obra no son especialmente sofisticados, sin embargo son altamente evocadores como ya he comentado. Las conclusiones no se ofrecen al espectador en forma de moraleja al final de la historia. Es el espectador el que las destila tras haber vivido en sus carnes la angustia de los personajes en situaciones límite, tras haber sido parte de ese espacio escénico y a veces de ese espacio sonoro. La cuidada iluminación nos va descubriendo los entresijos de este desván que guarda secretos para cada uno de nosotros. Escenoteca sabe muy bien lo que hace y cómo lo hace, y que los niños de hoy no están sólo para que les cuenten cuentos, porque también tienen mucho que contar. Salimos de la sala con la imaginación en plena ebullición y bajo la promesa de galletas, pero una parte de nosotros se quedó allí, con Pepa en el desván.

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