martes, 28 de febrero de 2017

Mouawad, el dramaturgo que canta

Te va a encantar Incendios, Esther, Wajdi Mouawad es el dramaturgo de moda, ya verás. La persona que me dijo esto, me predispuso negativamente el sábado a ir al teatro, porque lo que está de moda, casi nunca me gusta, así que allí estaba yo, en un Teatro Calderón llenísimo, asumiendo que podía enfrentarme a una decepción de más de tres horas....mi estado de ánimo cambió en los primeros dos minutos de representación y basculó entre el éxtasis y la conmoción hasta varias horas después de finalizar la misma. 

Algunas conclusiones tras ver este magnífico montaje de Mario Gas con Ysarca y Teatro de la Abadía:
  •  No intentes escribir una obra de más de dos horas de duración si no eres Wajdi Mouawad.
  • Nunca creas que puedes escapar de la hecatombe emocional de una tragedia, por muy moderna que sea la historia y muy antiguo que te parezca Sófocles.
  • No subestimes la fuerza poética del dolor.
  • La mejor forma de enfrentarse a una narración coral es intentar vivirla como un personaje más.
  • Las matemáticas no explican la barbarie.
Incendios cuenta la historia de una guerra civil a través de un árbol genealógico, que es como mejor se puede explicar la crudeza de un conflicto como éste: generaciones enteras atrapadas en la debacle de la guerra, en lo absurdo de la venganza, en la oscuridad del olvido. Por suerte para nosotros, imprescindibles como Mouawad o Malikian pudieron refugiarse en Europa y escapar de la tragedia de su tierra natal, a la que nunca dieron la espalda, como se demuestra en sus distintas manifestaciones poéticas. Incendios cuenta la vida de un ave fénix llamado Nawal Marwan, maravillosa protagonista que nos muestra a lo largo de su propia historia cómo la guerra estalla en llamas en el interior de los distintos personajes, en un avance destructivo permanente en el que la violencia se alimenta de violencia en una rueda dialéctica imparable. Sólo el amor, el canto, la poesía o el perdón podrían frenar este avance, pero ¿pueden el amor, la poesía, el canto o el perdón coexistir con la guerra? 

Fotografía de Ros Ribas

El viernes leí en El Norte de Castilla una entrevista con Nuria Espert que me gustó mucho, pero también me hizo temer que alguien de su categoría y experiencia eclipsaría a todo el resto del elenco. Hoy puedo asegurar que no fue así, porque el trabajo actoral de este montaje ha sido soberbio. Sin negar que a mí, las que más me han gustado han sido las dos Nawal, Laia Marull y Nuria Espert, magníficas en su evolución, sus controversias, sus enfrentamientos internos y esa generosidad que emana de su personaje y se vierte sobre el escenario. Para mí uno de los momentos más hermosos y de mayor tensión emocional es precisamente el encuentro de estas dos actrices en los primeros minutos de la obra, con Nuria en la piel de la abuela de Nawal prediciendo el desenlace de la tragedia. 


Fotografía de Ros Ribas
Como he dicho antes, esta historia de guerra es una narración coral, y aunque no llega a 20 personajes, el espectador siente que miles de vidas se desgarran ante sus ojos, cientos de historias se cuentan y viven a través de los cuerpos de ocho actores que caben bajo un toldo de plástico. Conforme avanza la historia, el espectador descubre que cada personaje es necesario e imprescindible para contar la historia, porque la gran llamarada de la guerra se nutre de todos sus pequeños incendios. Me ha gustado mucho Álex García, su personaje Simón tiene mucha fuerza intentando sacarse el dolor a golpes, y no sólo consigue transmitir esa fuerza, sino que logra hacernos reír minutos más tarde como guía turístico. Ramón Barea me ha enamorado como notario y como pastor, representando la ternura que combate a la pérdida de la razón. Carlota Olcina recrea perfectamente la evolución de alguien que nunca se ha enfrentado a un problema real irresoluble, como es la guerra. Su personaje casi hierático de la primera escena se llena de vida a lo largo de la obra, mientras paradójicamente todo muere a su alrededor. Del polifacético Alberto Iglesias me quedo con su papel de conserje y su narración de los hechos más atroces como algo cotidiano, su normalización de la guerra. Germán Torres me estremeció con su desnudez final, quedando tan desarmado como sus víctimas. De Lucía Barrado me encantó el diálogo de su personaje con Nawal, el gran mensaje de esperanza de esta obra: la violencia se detiene cuando alguien no responde con violencia.

 Mario Gas ha conseguido que tres horas se nos pasen volando, que estuviéramos deseando que acabara el descanso para saber más, tal era la agilidad de la narración sobre el escenario y tal la cohesión de la historia. Una dirección impecable, detallista, minuciosa, exquisita en simbología desde una escenografía minimalista, sencilla pero tremendamente versátil a cargo de Carl Filion. Por supuesto Álvaro Luna vuelve a conseguirlo: poner la imagen al servicio de la narración, convertir una historia en imágenes que se sustentan en el trabajo actoral, imágenes que dan significado al espacio escénico y a la vez cobran sentido dentro de él. Una videoescena tan bien hecha que invita a cerrar los ojos, cuando eso es lo úlimo que quieres hacer. Felipe Ramos también hace un gran trabajo con la iluminación, especialmente en un escenario tan vacío y con tantos cambios espacio temporales, su luz nos orienta todo el tiempo (me encantó la luz en el rostro de Sawda la primera vez que cantó).

Esta sociedad necesita más Incendios, aunque lo ideal sería que no hubiera guerras que contar ni siquiera en teatro, pero mientras las haya, necesitamos más dramaturgos como Mouawad, que sean capaces de hacernos reflexionar a partir de transformar un grito de dolor en una experiencia escénica, el horror en poesía, dramaturgos que canten.



sábado, 25 de febrero de 2017

Tan cerca como la luna

El teatro a veces se enfrenta a temas que a la sociedad le hacen volver la cara, anoche fue una de esas veces, vi con mi hija mayor El pequeño poni, de Producciones Faraute, en el Teatro Zorrilla, y me avergüenza decir que, estando en primera fila, yo misma tuve que apartar la mirada varias veces. Paco Bezerra es el autor del texto que trata sobre el acoso escolar sin necesidad de hacer para ello una obra coral, desgranando todos los temas relacionados en dos personajes: los padres. El miedo, la culpabilidad, la soledad, la rabia, la ira, la compasión, la venganza y el amor, todos ellos caben en hora y media en un espacio escénico muy bien amortizado por Roberto Enríquez y María Adánez.

María Adánez y Roberto Enríquez en un salón Luna
Cuando entramos al teatro, nos enfrentamos a una escenografía fea, árida y fría, como un cráter de la luna, aunque con apariencia de salón. Pronto nos daremos cuenta de que ese salón diseñado por Mónica Boromello, en realidad es una cueva en la que Roberto y María se enfrentan a sus miedos y al cambio que producen los acontecimientos en sus propias personas. El trabajo actoral me gustó, pero mucho más me gustó la interacción, fruto sin duda de una magnífica y cuidada dirección a cargo de Luis Luque. Entre los dos actores y el director consiguen llevar a escena un texto complicadísimo sin fisuras, enriqueciéndolo en cada diálogo, en cada desencuentro, en los gestos de desesperación por no poder llegar al otro, en la sorpresa porque el otro no está donde esperabas, en la negación de la realidad, en el amor a pesar de la tragedia, en la búsqueda de armas comunes para luchar contra un enemigo también común. Oscuros en los que no llegan a salir de la escena, pero cambian de registro porque han sobrevenido nuevos acontecimientos, dentro de una narración vertiginosa, llena de sorpresas.

El pequeño poni surge según Bezerra de un par de noticias que el autor leyó hace unos años sobre casos de acoso escolar en EEUU. De hecho, en el dossier que nos ofrecieron a la entrada, se dedica la obra a Michael Morones y Grason Bruce, dos niños estadounidenses que sufrieron casos graves de acoso escolar justificado por sus respectivos centros escolares porque llevaban sendas mochilas de My little pony, una popular serie de dibujos animados que le encanta a mi hija pequeña y que, según los responsables de dichos centros, fue detonante del acoso. Para la sociedad siempre es muy cómodo criminalizar a la víctima, encontrar una justificación del horror, y sobre todo poder decir menos mal que no le pasa a mi niño, frase muy frecuente en padres que desconocen el rol de sus hijos en estas situaciones, porque, si no eres víctima, ¿qué eres?

La mochila desolada en el espacio escénico
El pequeño poni me ha parecido un grito a la libertad por encima de todo, desesperado, pero un grito. A la exigencia moral que tiene esta sociedad de defender la expresión individual por encima de la mayoritaria, de poder educar a nuestros hijos en el ejercicio de su libertad, sin aplastar al otro, pero sin aminorarse. El pequeño poni saca a escena todos los miedos que a cualquier padre le asaltan desde que su hijo sale de casa con una mochila a la espalda por primera vez, y para eso no sólo se apoya en el trabajo de dos actores magníficos, sino en una maravillosa videoescena a cargo de Álvaro Luna, cómo no (me he declarado tantas veces enamorada de su trabajo que hasta me ruborizo al mencionarlo). Álvaro Luna nos lleva al universo que hay dentro de un niño de nueve años, nos enseña los roles implicados en el acoso escolar, nos muestra la fantasía como un lugar de refugio y nos acompaña durante toda la obra tratando el tema con una sensibilidad y una calidez únicas. 

María Adánez y Roberto Enríquez
Lo que vi anoche fue un conjunto de aciertos: un texto impactante, desolador y esperanzador a un tiempo, un trabajo actoral grande, generoso, en el que cada actor enriquecía el trabajo del otro, una dirección perfeccionista, con precisión de cirujano, una escenografía que contribuye al malestar que se genera y una videoescena envolvente. Noches como la de ayer son detonantes de mi problema confeso de espectadora reincidente. Sin ver a Luismi lo hemos querido, lo hemos compadecido, nos hemos indignado, hemos enfurecido de rabia y temblado de temor, nos hemos avergonzado de su humillación. El pequeño poni nos expone una realidad aterradora: a veces creemos controlar todos los factores de una situación sólo porque nos es familiar, como nuestro satélite, que aunque nos parece tan cercano, está a 384.400 km. A veces puede ocurrir como en los dibujos de Luismi, que la realidad que viven nuestros hijos está tan cerca como la luna.



domingo, 19 de febrero de 2017

Caperucita en un bosque de papel

Ayer mi hija pequeña y yo vimos en el Teatro Calderón una propuesta didáctica convertida en espectáculo infantil: Little Red Riding Hood, una peculiar Caperucita Roja en inglés, a cargo de los ingeniosos Ultramarinos de Lucas, arriacenses pero bilíngües y muy, muy divertidos.

Toda la obra se desarrolla en un bosque, pero no en un bosque de árboles, como era de esperar, sino de papel, porque Ultramarinos de Lucas nos trae un kamishibai, un teatrillo de papel cuyo origen es japonés y la práctica totalidad de la escenografía y utilería son de papel o cartón, a cargo de Victoria8letras y José Orna-La Cartonería, todo absolutamente ecológico. A través de ellos hemos vivido la experiencia de liberarnos de la tiranía de la imagen tan presente en la sociedad actual desde la primera infancia y reconciliarnos con el papel escrito, a pesar de estar consumiendo un espectáculo eminentemente visual. 


En este bosque de hojas de papel nos ha introducido Papirus, un bibliotecario ambulante encarnado por Luis Orna, de quien yo me confieso absolutamente enamorada. Desde su carrito de libros, nos hemos enfrentado a mil formas de contar historias, a libros que contienen todas las letras y a otros que sólo tienen colores o formas, porque son para mirarlos o para perderse en ellos, hemos subido a la Torre Eiffel a lomos de un león y hemos recordado un montón de palabras en inglés que ya conocíamos en su mayoría, asociándolas a imágenes, que es como mejor se aprenden. Poco a poco, Luis Orna, muy hábilmente dirigido por Juan Monedero, nos lleva a su cuento preferido, que también es el nuestro (ya lo he dicho más veces en este blog): Little Red Riding Hood, y las hojas de ese bosque de papel, se materializan en personajes de distintos tamaños que cobran vida en las manos y la voz de Orna, mientras el Kamishibai nos muestra la historia en distintas láminas que se van sucediendo. 

Todo es muy divertido y se busca, y consigue, continuamente la complicidad del espectador. Papirus nos ha hecho una traducción paralela al español de todas sus frases, pero en muchos casos no llega a tiempo porque los niños, hasta los más pequeños, han entendido el significado por el contexto y están dando una réplica a los personajes, como si formaran parte de la propia historia. Para que un sólo narrador no aburra al público de esta edad, tiene que ser dinámico e interactivo, dos requisitos que Orna supera con creces, además de ser divertido, hacer un amplio uso del espacio escénico, y ofrecernos un pequeño truco de magia de parte del lobo. La historia continúa respetando al texto clásico y se bifurca en tres finales distintos: el de Perrault, el de los hermanos Grimm y el de Ultramarinos de Lucas, que algo tienen que decir, llegados a este punto. Nos dejan libertad a los espectadores para elegir el final de nuestro agrado y ya surge el debate: mi hija quiere comerse a la abuelita y yo perdonarle la vida....creo que mañana continuará en el patio del colegio.

Gracias Ultramarinos de Lucas, por tener de todo, como las tiendas a las que hace referencia vuestro nombre. Por traer diversión e inglés a partes iguales. Por partir de una historia conocida para inducir un mundo desconocido, como es el aprendizaje de un nuevo idioma. Por abrazar a los más pequeños con vuestro sentido del humor, que usa la  palabra sin depender de ella. Por hacernos reflexionar sobre lo importante que es elegir el camino correcto. Por hacernos pasar una tarde fantástica con Caperucita en un bosque de papel.




domingo, 12 de febrero de 2017

Con Z de zorro

El teatro para niños es algo maravilloso, pero si hay algo que saca un brillo especial en los ojos de un niño, son los títeres. No tengo una explicación científica que justifique esta afirmación, pero puedo corroborarlo por mi amplia experiencia como adulta acompañante. Ayer mis hijos pequeños y yo vimos en el Teatro Calderón  Z. Las aventuras del zorro, de Eudald Ferrè & Luca Ronga, y volví a ver ese brillo en sus ojos.


Llegamos temprano al teatro y pudimos recrearnos en la escenografía que esperaba en la semioscuridad del escenario, con los títeres inertes colgando en tres espacios distintos de lo que parecía a todos los efectos ser una ciudad. Ferrè y Ronga aparecieron vestidos de negro y sin el típico escenario de títeres invadieron todo el espacio escénico, dándole sentido a todo y haciendo que las marionetas cobraran vida en sus manos hasta límites insospechados, que para ello han elegido una historia de acción. 


Esos niños, a los que les brillaban los ojos de una forma especial, tras un pasmo inicial, pasaron la hora entera que duró la representación saltando en sus asientos con cada giro del argumento, gritando e interpelando a los personajes, enfadándose o burlándose del ridículo Gobernador, animando al Zorro a escapar de los soldados y. sobre todo, riéndose a carcajadas todo el tiempo, porque lo que vimos ayer fue una sátira en estado puro. No estoy segura de si los niños vieron a Luca y Eudald, al fondo de la historia. Sólo vieron unos títeres perfectamente elaborados, a los que no faltaba detalle alguno y una escenografía sencilla pero versátil al servicio del argumento (horca incluida). 

Con Eudald Ferrè y Luca Ronga
Los adultos vimos un trabajo magistralmente dirigido, y en este sentido felicito desde aquí a Lluis Graells porque la historia no tenía un sólo fleco: todo lo que ocurría sobre el escenario completaba de alguna manera las necesidades de la narración, nada era superfluo y ningún movimiento de los actores quedaba en el aire, incluyendo una divertidísima coreografía de esgrima con la que nos deleitaron al final. Y a pesar de la evidente presencia de los actores en el espacio escénico y de que como adulta sé que la mano que no se ve bajo el títere está unida al brazo que lo mueve, hubo muchos momentos en los que los cuerpos de Luca y Eudald se difuminaron y sólo vi a los títeres. Con esto ya habría bastado, pero además, toda la historia estaba enlazada por una simpatiquísima banda sonora a cargo de Pep Boada, que subrayaba los tres temas principales de la historia: el honor, el amor y la justicia, acompañando musicalmente sus giros melodramáticos. 

Ayer nos reímos mucho en el teatro. Desde el primer minuto sabíamos que era una sátira, que los malos lo iban a ser hasta el final, que la chica se iba a enamorar del bueno y que iba a terminar bien, y aunque nos emocionábamos con los entresijos del guión, la mayoría de las veces nos reíamos porque ocurría lo que deseábamos: el público de manera colectiva, se había posicionado a favor del protagonista (misteriosamente desdoblado en dos personajes), de forma que convertimos el final en una profecía autocumplida. Hasta llegar a este final, disfrutamos mucho con Ferrè y Ronga, los vimos dando visibilidad a su oficio de manipuladores, llegando incluso a interactuar en la historia, hacer metateatro y reírse de sí mismos,sin bajar ni un momento el ritmo de su historia, vertiginoso como el zigzagueo de la espada marcando el territorio escénico con Z de zorro.


lunes, 6 de febrero de 2017

El teatro es nuestro nido

A efectos escénicos, Teloncillo es para nosotros nuestra casa del árbol, ese sitio secreto al que acudimos con fruición a sabiendas de que en él vamos a estar seguros y a salvo de las tormentas (o que si sobreviene una tormenta, surgirá un paraguas de telaraña que nos librará de sus inclemencias). Por eso, esta mañana, mi hijo pequeño y yo íbamos al Desván del Calderón a ver Nidos con la ilusión de un niño que estrena zapatos, a pesar de que era la tercera vez que lo veíamos, y que un viento de 45 km/h intentó hacernos volar en varias ocasiones por el camino.

Nidos es un espectáculo fetén por dos razones: por su alta calidad y porque fue galardonada en 2014 con el Premio al mejor espectáculo para la primera infancia en FETEN, y eso sólo fue el principio de una serie de reconocimientos. Ideado por Ana Gallego y Ángel Sánchez, denota un alto conocimiento de las necesidades del público al que va dirigido, ése que aún está por salir del nido (de 6 meses a 5 años). Ana y Ángel tienen intacta esa capacidad de la pupila que te permite ver el mundo como lo ve un niño de dos o tres años y que la mayoría de los adultos hemos perdido. Como un meteorólogo predijo los vientos huracanados de esta mañana, ellos son capaces de predecir las sonrisas, las carcajadas, las ganas de cantar, la sorpresa o los saltos ante determinados estímulos, y usan ese don con la precisión con la que el picapinos escoge sus árboles, he sido testigo de esto en muchas ocasiones.

Con Ana Gallego y Ángel Sánchez
La semana pasada vimos Caperucita. Lo que nunca se contó..., espectáculo también fetén, aún no condecorado porque se acaba de estrenar, por lo que nos queda la sensación de que últimamente nos encontramos con Teloncillo siempre en un bosque. La escenografía de Nidos es asombrosamente sencilla y versátil, diseñada por Isidro Alonso y cocinada por las habilidosas manos de Eva Brizuela e Israel Robledo nos da sensación de bosque aunque consista en un sólo árbol. En este árbol hemos visto anidar pájaros de todo tipo, nos hemos refugiado de una tormenta y hasta nos hemos encontrado una culebra, que no nos ha dado miedo porque ha salido de una canción. Y como el nido es un espacio de protección, toda la escenografía es cálida y la iluminación contribuye a esta sensación de amparo y ternura.

Nidos es un espectáculo pensado para bebés y por tanto tiene muy poco texto y mucha expresión corporal brillantemente gestionada por Ana Gallego, que busca continuamente la complicidad de espectador. Esto hace que cada función sea única y cada niño tenga una única visión de la misma. Hemos anidado con todos los sentidos en este espacio sinestésico: hemos bailado, cantado, nos han acariciado las plumas de diversas aves, hemos presenciado el nacimiento de pollitos tan similares a nosotros que algunos tenían incluso nuestros nombres, nos han recitado un poema de Gloria Fuertes, nos ha llovido hierba recién cortada, la cigüeña nos ha picoteado pero en compensación nos han regalado un pájaro-avión a la salida.


Uno de nuestros discos favoritos
Lo que más me gusta de Nidos es su espacio sonoro: todos los sonidos del bosque cobran significado y acaba siendo como si el bosque nos cantara una nana, percibido con mis sentidos de adulto. Para un bebé, Nidos comienza siendo una sucesión de sorpresas sonoras divertidísimas que llega a su máximo apogeo con un concierto de percusión corporal y guitarra orquestado por Ángel, Ana y todos nosotros. Las canciones son divertidas, cortas, pegadizas y algunas huelen a Olas, porque suenan con conchas y caracoles de mar. Os recomiendo el disco, yo hace años que lo tengo y lo solemos poner a la hora del baño, que es nuestro momento lúdico favorito. Vuelvo a decir que la música en directo es un sello que acompaña a los espectáculos infantiles que apuestan por la calidad. En la última canción nos repartieron instrumentos para acompañarlos, cosa que hicimos mientras deseábamos en secreto por favor, que no sea la última.

Los bebés que ven Nidos aprenden palabras nuevas (carraca, madroños) a escuchar, a seguir un ritmo, a relacionar causalmente determinados estímulos (un huevo y un pollito, una regadera y un sonido de agua), todo ello con la espontaneidad que tienen las enseñanzas primeras, en un ambiente cálido y acogedor. Mi hijo pequeño tiene tres años y es la tercera vez que vemos este espectáculo, y como cada día nos gusta más, no sabemos si hemos crecido con él o él ha crecido formando parte de nosotros. Mientras Teloncillo siga en el Desván, seguiremos sin querer salir del nido.




jueves, 2 de febrero de 2017

Tus miedos en escena

El domingo por la noche tuve que enfrentarme a mis miedos y no desde la intimidad como suele hacerse, sino dejando que salieran y se pasearan delante de mí sobre un escenario. Mi hija mayor y yo fuimos al LAVA a ver Horror, un montaje del director sueco Jakop Ahlbom no recomendable para cardiópatas. Reconozco que mi miedo principal era que no me gustara, y ahora os puedo decir que ése fue el único al que no me tuve que enfrentar.

Ahlbom pretende hacer en su espectáculo un homenaje a los grandes directores de cine de terror, tales como Hitchcock, Carpenter o Kubrick, y como el terror psicológico no es lineal ni unidireccional, sino global y envolvente, nos presenta un espectáculo que aúna danza, teatro, música, efectos audiovisuales y algo de circo contemporáneo, no sólo por la extraordinaria capacidad de sus actores para transmitir con mímica y expresión corporal una dramaturgia bastante sofisticada (flashbacks incluidos), sino porque nada más apagarse la luz, los espectadores comprendimos que, como bajo la carpa de un circo, allí todo lo impensable era posible.


Horror es distinto a todo lo que yo había visto hasta ahora: un espectáculo tremendamente sofisticado, sin texto, que viaja por toda Europa llenando los teatros con un público muy variado (mayoritariamente joven), con una música inquietante a un nivel que roza lo desagradable por estridente y por su nivel de decibelios, con un argumento que evoca las emociones más repudiadas por la sociedad en general, ésas llamadas "negativas": el asco, la tristeza, el miedo, la ira...y sin embargo, me hizo sentir bien al terminar, en primer lugar, porque necesitaba salir a la calle y ver que podía todo seguía siendo "normal", y en segundo, porque pensé que Horror era la demostración fehaciente de que sobrevaloramos los efectos especiales del cine y que, aunque la cuarta guerra mundial se combata con palos y piedras como dijo Einstein, el teatro siempre podrá hacernos soñar o temblar.

No he tenido el placer de conocer a Ahlbom, pero estoy segura de que es un hombre inteligente, hiperactivo y bastante barroco, cualidades todas ellas estupendas para un director. Me lo imagino dando las directrices sobre una escena y maquinando en su mente la siguiente, mientras decide que va a modificar ciertos detalles del espacio escénico, todo a la vez. Horror está muy bien dirigida y es imposible imaginar que su mensaje llegue al público si no fuera así, porque se distribuye caóticamente por un espacio dividido en tres escenarios y todo ocurre tan vertiginosamente que sólo el miedo es capaz de mantener la atención del espectador durante los 80 minutos que dura la representación.

Como en las buenas películas de terror, en Horror es difícil decir qué da más miedo, si el argumento o la forma de contarlo. Me han gustado mucho los recovecos del espacio escénico, que era como un cerebro, ya que había en él sinuosidades y conexiones inesperadas entre los distintos espacios. El maquillaje y la iluminación, soberbios. La coreografía convertía en natural lo sobrenatural. El trabajo de los actores era un desafío a la oralidad en pro de la expresión corporal: la escena en que Yannick Greweldinger es atacado por su propia mano me perseguirá en mis sueños durante mucho tiempo. A veces está bien no sentirse tan cómoda en la butaca del teatro.