domingo, 12 de febrero de 2017

Con Z de zorro

El teatro para niños es algo maravilloso, pero si hay algo que saca un brillo especial en los ojos de un niño, son los títeres. No tengo una explicación científica que justifique esta afirmación, pero puedo corroborarlo por mi amplia experiencia como adulta acompañante. Ayer mis hijos pequeños y yo vimos en el Teatro Calderón  Z. Las aventuras del zorro, de Eudald Ferrè & Luca Ronga, y volví a ver ese brillo en sus ojos.


Llegamos temprano al teatro y pudimos recrearnos en la escenografía que esperaba en la semioscuridad del escenario, con los títeres inertes colgando en tres espacios distintos de lo que parecía a todos los efectos ser una ciudad. Ferrè y Ronga aparecieron vestidos de negro y sin el típico escenario de títeres invadieron todo el espacio escénico, dándole sentido a todo y haciendo que las marionetas cobraran vida en sus manos hasta límites insospechados, que para ello han elegido una historia de acción. 


Esos niños, a los que les brillaban los ojos de una forma especial, tras un pasmo inicial, pasaron la hora entera que duró la representación saltando en sus asientos con cada giro del argumento, gritando e interpelando a los personajes, enfadándose o burlándose del ridículo Gobernador, animando al Zorro a escapar de los soldados y. sobre todo, riéndose a carcajadas todo el tiempo, porque lo que vimos ayer fue una sátira en estado puro. No estoy segura de si los niños vieron a Luca y Eudald, al fondo de la historia. Sólo vieron unos títeres perfectamente elaborados, a los que no faltaba detalle alguno y una escenografía sencilla pero versátil al servicio del argumento (horca incluida). 

Con Eudald Ferrè y Luca Ronga
Los adultos vimos un trabajo magistralmente dirigido, y en este sentido felicito desde aquí a Lluis Graells porque la historia no tenía un sólo fleco: todo lo que ocurría sobre el escenario completaba de alguna manera las necesidades de la narración, nada era superfluo y ningún movimiento de los actores quedaba en el aire, incluyendo una divertidísima coreografía de esgrima con la que nos deleitaron al final. Y a pesar de la evidente presencia de los actores en el espacio escénico y de que como adulta sé que la mano que no se ve bajo el títere está unida al brazo que lo mueve, hubo muchos momentos en los que los cuerpos de Luca y Eudald se difuminaron y sólo vi a los títeres. Con esto ya habría bastado, pero además, toda la historia estaba enlazada por una simpatiquísima banda sonora a cargo de Pep Boada, que subrayaba los tres temas principales de la historia: el honor, el amor y la justicia, acompañando musicalmente sus giros melodramáticos. 

Ayer nos reímos mucho en el teatro. Desde el primer minuto sabíamos que era una sátira, que los malos lo iban a ser hasta el final, que la chica se iba a enamorar del bueno y que iba a terminar bien, y aunque nos emocionábamos con los entresijos del guión, la mayoría de las veces nos reíamos porque ocurría lo que deseábamos: el público de manera colectiva, se había posicionado a favor del protagonista (misteriosamente desdoblado en dos personajes), de forma que convertimos el final en una profecía autocumplida. Hasta llegar a este final, disfrutamos mucho con Ferrè y Ronga, los vimos dando visibilidad a su oficio de manipuladores, llegando incluso a interactuar en la historia, hacer metateatro y reírse de sí mismos,sin bajar ni un momento el ritmo de su historia, vertiginoso como el zigzagueo de la espada marcando el territorio escénico con Z de zorro.


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