viernes, 31 de marzo de 2017

Por algo el cielo es Azul

El domingo, mi hijo pequeño y yo, nos vestimos de color azul para ir al teatro Calderón. No íbamos a hacer un croma, aunque lo parecía, era nuestro particular homenaje a Teloncillo Teatro, que representaba uno de los clásicos de su repertorio, Azul. Y nada más llegar, nos dimos cuenta de que habíamos hecho bien, porque nos encontramos a Ana Gallego, brocha en mano, pintando de ese color a todo el escenario y la mitad del público.

Ana Gallego con muñeca, vestidas de Azul


El cubismo convertido en juego de cubos
Azul es un espectáculo sinestésico desde su concepción, porque ya su propio nombre es evocador de estímulos multisensoriales. Azul no es sólo un color, puede ser el olor de la brisa marina, las cosquillas de la brocha de Ana sobre tu cara, el sonido del chorro de agua de una ballena o del metalófono de Ángel Sánchez, o la etapa más destacada de creación de un pintor que se llamaba como mi tío Pablo....Azul es pura proteína teatral, pero adaptada a la etapa evolutiva de su público, de manera que adultos y niños lo percibirán de formas diferentes.


Con Ana Gallego y Ángel Sánchez
El domingo en el Calderón llovió poesía. No fue un chaparrón repentino, sino una lluvia tan fina, musical y dramatizada, que cuando nos dimos cuenta nos había calado hasta los huesos y habíamos contribuido a su producción con nuestras repeticiones, cánticos y percusión corporal. Azul tiene un repertorio musical demasiado marchoso para verlo en silencio: samba brasileira, son cubano, canciones populares, swing...En la voz de Ana Gallego y la polifacética interpretación instrumental de Ángel Sánchez, todos estos estilos musicales ponen sonido a poemas de Amado Nervo, Gloria Fuertes, Carlos Reviejo, Diana Briones...No es de extrañar que el disco que recoge los temas de Azul y Nidos sea uno de los favoritos en nuestro repertorio familiar.

Chirimiri poético y literal
Mientras nos calaba este chirimiri poético, Azul nos fue conquistando a través de la sorpresa. Cuando los bebés se enfrentan al espacio escénico tremendamente azul creado por Juan Carlos Pastor, no se plantean que las cubetas de pintura pueden llegar a tener rostro y gafas de sol, o que el juego de cubos se convierta en un cuadro de Picasso, o que las pelotas sobrevuelen al público escapándose bajo un pañuelo. Con el asesoramiento en magia de Gonzalo Granados, la sorpresa se convierte en cotidiana, lo cotidiano en musical, lo musical en poesía y la poesía se materializa a lo largo del argumento en una preciosa utilería de Eva Brizuela, en la que no falta, por supuesto, una muñeca vestida de azul, que, para colmo, se nos resfría.

Azul es un espectáculo tan rico en contenidos que estimula el trabajo en casa: colorear la ballena que Teloncillo nos ha regalado, reflexionar sobre cómo serán las casas de los distintos animales, clasificar objetos por colores, seguir ritmos con nuestros cuerpos, memorizar rimas...Cuando salimos, yo estaba eufórica de tanto cantar y le dije a mi hijo: mi color favorito es el azul, a lo que él me contestó, el mío el green. Así que ya puede tomar nota Teloncillo para futuras creaciones que esperamos disfrutar tanto como ésta, por algo el cielo es Azul.




lunes, 27 de marzo de 2017

Resiliencia y teatro

Hace un año, para conmemorar tal día como hoy, Día Mundial del teatro, escribí por qué el teatro es imprescindible para vivir. Hoy, un año después, quiero hablar de cómo el teatro puede ayudar a reconstruir una vida activando algo que todos llevamos "incorporado de serie", aunque algunos no lo sabemos o no hemos necesitado usarla nunca: nuestra capacidad de resiliencia.

La resiliencia es la habilidad que tenemos los humanos para enfrentarnos a situaciones traumáticas y salir fortalecidos de ellas. No se trata de eliminar el duelo o el sufrimiento inherente a cualquier trauma, sino de no permitir que el dolor se instaure de por vida en nosotros, de encontrar formas hermosas de superarlo, de aceptar la ayuda que nos brindan los demás, de encender la luz en la habitación del miedo, de enamorarse del futuro porque está lleno de posibilidades maravillosas, todo eso es resiliencia. Como la resiliencia se nutre de experiencias hermosas, muchas veces usa como vehículo el arte, especialmente las expresiones artísticas que pueden ser compartidas o que se manifiestan colectivamente, como puede ser el teatro. Una de las características principales de la resiliencia es que la actitud que nos permite superar nuestro dolor se desarrolla en un ambiente social, no individual. En este sentido, el teatro es una vivencia colectiva que fortalece nuestra capacidad de resiliencia tanto si lo vivimos como espectadores como si lo hacemos como profesionales, y además puede ser una herramienta que fomente la resiliencia en colectivos en riesgo de exclusión. 

Actores resilientes: ¿Stanislavski o psicodrama?


Muchas veces, cuando he preguntado a los actores por qué se dedican a ello, a pesar de todo argumento razonable contrario, me suelen contestar frases como para vivir otras vidas, porque me encanta ponerme en la piel de otros y la más loca, porque no se me ocurre otra forma de vida. El sistema Stanislavski y el psicodrama, psicoterapia ideada por J. L. Moreno, tienen en común la necesidad de profundizar en emociones ajenas para conseguir la interpretación en el primer caso y la ganancia terapéutica en el otro. Los saco hoy a colación porque creo que muchos actores se aferran al guión como tabla se salvación y a través de esas otras vidas que viven prestadas sobre el escenario consiguen encontrar ese impulso necesario para enfrentarse a la suya. Como actores, el teatro es terapéutico porque nos conecta con la belleza: palabras hermosas, luces que nos enfrentan a nuestras sombras, universos mágicos contenidos en el pequeño espacio escénico y la música como reconstituyente del alma. El teatro en este sentido es una red que te salva de ahogarte, pero a cambio te atrapa de por vida.

El guión como tabla de salvación

Espectadores resilientes: el sentido de pertenencia

Se ha dicho muchas veces que en teatro cada función es única e irrepetible. Como espectadora, el teatro me ha permitido identificarme con personajes que apenas despertarían mi interés si me los cruzara en plena calle. El teatro me ha hecho mucho más humana porque me he dado cuenta de que esos personajes tan ajenos a mí, a veces tenían mis mismos defectos. El teatro ha desarrollado mi idea de pertenencia, me ha desnudado y ha puesto en escena mis intimidades sin hablar de mí. Esta idea de pertenencia hace que los espectadores sintamos como nuestras las vivencias que ocurren en el espacio escénico, que podamos ver desde el exterior cómo otros resuelven dificultades parecidas a las nuestras. El distanciamiento del problema, que en psicología podría costarnos varias sesiones de terapia, nos lo ofrece el teatro en una representación si desarrollamos este sentido de la pertenencia. Así el teatro nos hace más resilientes: de una forma natural, en un ambiente social, nos está facilitando herramientas psicológicas de afrontamiento, ayudándonos a reconstruirnos, a gustarnos más como personas de lo que nos gustábamos antes de nuestras crisis. Es en estos momentos cuando las emociones positivas inundan la sala y la empatía entre el actor y el espectador se convierte en algo más grande, en un ente con vida propia que transciente la representación y perdura en el tiempo.

La empatía entre el actor y el espectador


Teatro como vivencia terapéutica colectiva:¿actuar para vivir o vivir para actuar? 

Las enfermedades del alma son aquéllas que resultan menos visibles para la sociedad o que, cuando ésta las ve, prefiere mirar para otro lado.  El teatro no puede evitar que nos sucedan cosas terribles, que nuestro mundo se tambalee y no tengamos estrategias de afrontamiento adecuadas para mantenerlo en pie. Tampoco puede evitar el deterioro cognitivo asociado a la mayoría de los trastornos psicopatológicos. Sin embargo, el teatro se puede considerar una vivencia colectiva con efectos terapéuticos en situaciones de exclusión social: enfermos mentales, adictos, jóvenes con problemas de comportamiento, adolescentes con desórdenes alimenticios, ancianos, niños de familias desestructuradas... Desde el punto de vista psicológico, el teatro aporta a estos colectivos un entorno lúdico, amparado por una red social en el que poner en práctica habilidades como la memoria, la atención, la empatía, la expresión corporal, la desinhibición, el respeto a las diferencias individuales, el diálogo... La mayoría de estas capacidades son incompatibles con los comportamientos psicopatológicos como la rumiación, las compulsiones o los pensamientos obsesivos. Actuar posibilita ampliar los horizontes a otras vidas y liberarse por un momento del problema que nos aprisiona. Es en estos momentos en los que se fortalece la capacidad de resiliencia, de resistencia a la adversidad. El teatro se convierte en estos casos en una experiencia terapéutica no porque sirva de evasión de nuestros problemas, sino porque dentro de él desarrollamos formas más creativas de resolverlos.

Maravillosas gitanas de Pepa Gamboa

Feliz Día Mundial del Teatro. Os deseo que lo disfrutéis plenamente todos los días del año, desde el papel que hayáis elegido. Como espectadora, os agradezco a los artistas y artífices del teatro todos los esfuerzos aunados que convierten un sueño sobre papel en una realidad escénica.  El teatro me hace muy feliz.

Cartografía del dolor

¿Qué fue antes, el actor o el texto? Normalmente entendemos que es el texto, pero hay algunas excepciones, y hoy nos hemos encontrado una de ellas: Juan Mayorga, el dramaturgo que muchos querrían ser de mayores, se da un día un paseo por Varsovia e idea una obra cuya protagonista femenina se llama como la actriz ideal para ese papel: Blanca. Este fin de semana el Teatro Calderón nos ha vuelto a sorprender con otro estreno nacional, que en mi caso ha sido la crónica de un deleite anunciado, porque desde que vi el viernes al director y los actores en rueda de prensa, estaba deseando que llegara el sábado noche para ver El Cartógrafo, una obra en forma de mapa que no tendría sentido si Blanca Portillo no caminara por sus calles.

Anoche fui al teatro con mi amiga Pilar, que siempre me dice que debo ser más crítica en mis crónicas. Tiene razón, cuando salgo del teatro, soy más crítica que cuando horas después me pongo a escribir y mi memoria minimiza los defectos, a pequeña escala hago lo que El cartógrafo denuncia: olvido aquello que me hizo daño a la vista o que me desagradó. Lo hago por dos motivos: de las obras que no me gustan directamente no escribo y de las que me gustan, entiendo que el teatro es un trabajo coral, aunque haya un director, y es difícil que de un colectivo estés de acuerdo con todos. Así que anoche, cuando terminamos de recuperarnos del dolor de tanto aplauso, antes de que Pilar abriera la boca, le dije: me ha gustado todo.


Con José Luis y Blanca, después de un abrazo
Lo que vimos anoche fue una lección de vida, de historia, de arte dramático, de literatura y de honestidad, porque no creo que se pueda escribir ni representar ese texto sin ser plenamente conscientes de la fragilidad del alma humana y de lo poco que nos separa de la barbarie. Una buena historia, un texto aparentemente inmejorable y de repente cae en las manos de dos magos de la escena y ¡vaya si lo mejoran! Yo sé que iban de color rojo, pero yo ayer los vi descalzos y desnudos. Desde esa desnudez escenográfica, anoche seguimos a Blanca Portillo y a José Luis García Pérez por varias Varsovias diferentes, por varios planos temporales, en la recreación de hasta un total de doce personajes distintos. La capacidad de estos dos actores para cambiar de registro en cuestión de segundos no sólo facilitó la comprensión de los espectadores, sino que queda en mi personal mapa cognitivo como definición de interpretación con mayúsculas.

El cartógrafo se sustenta en la idea de que la estrategia psicológica que recurre al olvido para superar el horror es un error: es necesario procesar el dolor y, una vez superado, mantenerlo en el recuerdo para evitar en lo posible que regrese y aprender de las heridas cerradas. Mayorga propone en su obra una cartografía del dolor: no borrar del mapa esos fantasmas que todos tenemos en nuestra biografía, no dejarlos en calles estrechas y poco iluminadas pensando que así los podremos evitar, instalarlos en nuestros parques, en nuestras avenidas y aprender a convivir con su recuerdo, porque es la única forma de vencerlos. En psicología se llama desensibilización sistemática, con ella se entrena al paciente a afrontar sus estímulos temidos desligándolos de las asociaciones que tienen con experiencias negativas.

El gueto de Varsovia
Si alguien piensa que del horror del gueto no puede surgir nada hermoso, por favor, que vaya a ver El cartógrafo y descubrirá de paso muchas cosas más. La obra avanza a medida que el perímetro del gueto mengua y los personajes crecen con ella y evolucionan de forma inversa: Raúl y Blanca se alejan uno del otro, el cartógrafo y la niña se aproximan cada vez más. En un espacio escenográfico tan limpio que su director lo ha calificado de "ateniense" (lo que daría yo por verla en un teatro griego o romano...), José Luis y Blanca armados con buenas y dramáticas artes, nos conquistaron y nos hicieron olvidar el mundo más allá del escenario, de tal forma que, cuando yo sólo pensaba en levantarme y abrazarlos...se encendió la luz, y se pasó en un segundo del drama a la tragicomedia, porque los espectadores vimos que de repente se rompía la privacidad de nuestra burbuja personal de la butaca, ésa que en la oscuridad del teatro nos permite emocionarnos con la historia sin que el de al lado se entere de nada.

Las luces se apagaron y continuamos recorriendo un mapa que nos llevó a lugares y momentos muy alejados. A veces este mapa se tornaba hermosamente sonoro, un espacio sonoro en el que yo destacaría la aportación de Jasmina Petrovic. Otras veces el silencio exigía que el espectador completara la cartografía de la escena. "Nuestra casa está en el gueto", dice Blanca al principio de la obra, y es verdad que casi todos tenemos un gueto interior en el que nos gustaría encerrar los acontecimientos que han marcado trágicamente nuestras vidas. Derrumbar los muros de esos guetos es lo único que nos puede hacer conocernos mejor a nosotros mismos, dejar de ser espectadores de nuestras vidas y pasar a la acción. Ése fue el mensaje que yo recibí de un final que me encantó. Id a verla.

Blanca y José Luis con los pies congelados porque los aplausos no paraban


sábado, 25 de marzo de 2017

Libros y libres se dan a la danza

El domingo mi hija pequeña y yo nos dimos a la danza en un Taller Espectáculo de DA. TE Danza en el teatro Calderón. Para ello nos pusimos en manos de Omar Meza, fabuloso coreógrafo, magnífico fabulador, artífice de la metáfora y (esto último lo descubrimos los adultos durante el taller) dinamizador de músculos ocultos.  Omar es director de esta compañía de danza contemporánea, que dedica una parte de su repertorio con especial cariño al público infantil convirtiendo la difusión de la danza no sólo en su pasión y vocación, sino en un estilo de vida, casi una obligación moral en la que el bailarín comparte su saber con la misma generosidad con la que el médico cura.

Omar Meza nos recibió descalzos y nos hizo descalzarnos. Entramos en una habitación llena de libros con una luz tenue que creaba un ambiente de relajación. Mi hija quería bailar desde que cruzó el umbral, pero antes de bailar estuvimos conociéndonos, relajándonos, mirando en nuestro interior. Omar nos regaló una hora y media sin prisas, sin móviles, sin preocupaciones, sin apariencias que mantener (sólo nos descalzamos, pero se nos invitó a desnudarnos metafóricamente de nuestras vergüenzas sociales, a ser nosotros mismos con nuestros hijos en un espacio libre de prejuicios).


Con Omar, libres con libros
Hace tiempo que escribí sobre los beneficios psicológicos de la danza, de los que estoy plenamente concienciada, y a mi hija le encanta la danza, así que cuando llegamos, estábamos muy favorablemente predispuestas a dejarnos guiar por Omar y pasárnoslo bien. Nuestras expectativas fueron superadas: nos relajamos, disfrutamos descubriendo lo que nuestros cuerpos podían crear al ritmo de la maravillosa música de David Campodarve, aprendimos sobre el espacio y el tiempo escénicos, nos recordaron a Lorca, hicimos creaciones colectivas, nos reímos, nos sorprendimos dibujando en el espacio con nuestra anatomía como único lápiz y finalmente Omar nos regaló los sentidos con su danza en un pequeño espectáculo que nos hizo viajar a otros mundos sin salir de la sala. Nunca creí que tanta felicidad cupiera en hora y media.


Omar es un francotirador de elementos artísticos: dispara continuamente y alguno seguro que te atrapa. Su mente es mucho más rápida que sus pies, aunque parezca difícil. La danza no es más que su forma de expresión más habitual, pero todo su espectáculo es una metáfora del universo que te devora y te hace partícipe. No sólo sales de allí más oxigenado por el ejercicio aeróbico que haces, te sientes más creativo, casi poderoso, libre. Cuando terminó, todos teníamos un libro en las manos y nos despedimos de él como si no fuera una despedida, sino el principio de una nueva historia, ésa que habían iniciado padres e hijos sobre el espacio escénico. Los niños se acercaron a jugar sobre el suelo con los papeles que había utilizado Omar para simular un efecto lluvia y yo me quedé cavilando cuántas gotas de aquel taller nos habían calado desde los pies desnudos al fondo del alma.

miércoles, 22 de marzo de 2017

La Joven Compañía lo ha clavado

A veces el teatro se atreve a enseñarte cosas que no querrías ver, o que preferirías ignorar. El jueves pasado fue un día de ésos. Fui con mi hija mayor a ver Punk Rock de La Joven Compañía en el teatro Calderón. He tardado varios días en conseguir procesar todo lo que sentí esa noche, todo el miedo, las náuseas y la angustia que me invadieron desde el escenario. Punk Rock es una visión bastante desesperanzada del vacío existencial al que puede llevar una educación carente de valores. El dudoso privilegio de haber crecido en una sociedad avanzada pero sin afecto, el dilema de si sirve de algo una formación privilegiada sin educación, la incomunicación en un mar de diálogos.

Incomunicación en un mar de diálogos- Foto LJC
Aunque normalmente no leo nada de las obras que voy a ver, porque no me gusta condicionarme ni que dirijan mi mirada, con Punk Rock no me había resistido a leer el artículo de Chechu Esteban en Mirando actuar, blog que sigo y con el que comparto muchas perspectivas escénicas. Chechu, que además de espectador reincidente es profesor de secundaria, recetaba Punk Rock como la aspirina, insistía en que era una obra obligada para padres de adolescentes, hijos adolescentes, docentes, etc., así que allí fui yo con mi hija adolescente, a por mi dosis.  Lo que me encontré sobre el escenario me pareció desolador y doloroso, no sólo no me quitó el dolor de cabeza, sino que me hizo sentir un vacío en el estómago.

Foto LJC
Simon Stephens eligió muy acertadamente el título de esta obra, porque lo que quería contar era una historia de muchos decibelios, estridente, rebelde, rompedora y desafiante. Es imposible ver Punk Rock sin que el asiento te queme en algún momento, sin sentirte incómodo. Hay que ser un psicópata para no verse a uno mismo en mitad de ese escenario en un fuego cruzado de gritos. Es imposible sentirse bien viendo Punk Rock. La Joven Compañía nos ha zarandeado el corazón y lo ha dejado pendiente de un hilo. El texto de Stephens me resultó muy desagradable, no creo que hubiera conseguido terminarlo como lectura. La Joven Compañía lo ha rescatado para mí.

Punk Rock es una obra concebida para ser coral, hay diálogos muy intensos, pero lo realmente importante es la coreografía, la foto de grupo. Andoni Larrabeiti ha enriquecido mucho con su trabajo estos diálogos de desencuentro. La sensación de caos escénico es continua durante la mayor parte de la representación. Esta magnífica coreografía, bajo la dirección de José Luis Arellano, se complementa con la videoescena de Álvaro Luna, de quién aún no he visto un trabajo que no me guste. Luna viaja por el subconsciente de los personajes dividiendo las escenas, guiando emocionalmente a los espectadores. La videoescena de Punk Rock a veces dice más que los diálogos de Stephens, que con frecuencia dejan cuestiones en el aire.

Del trabajo actoral, destaco a Víctor de la Fuente, que interpreta al personaje más enrevesado y lo resuelve brillantemente desde el minuto cero.  El trabajo de Víctor hace que la actitud de William, su personaje, se torne no sólo previsible (eso es culpa del texto), sino coherente, necesaria. Víctor nos hace vivir las circunstancias de William y acaba haciendo justo lo que yo esperaba de él. Me ha encantado este actor. También me ha gustado mucho Cristina Gallego, que ha conseguido un efecto bastante similar con su personaje, Lily, tan tierna y llena de inseguridades bajo su coraza.

Víctor de la Fuente y Cristina Gallego- Foto LJC

A pesar de estas destacadas actuaciones, Punk Rock se nos entregó como una totalidad indisoluble, violenta, caótica y destructora. El espacio sonoro de Mariano Marín y la iluminación de Juan Gómez Cornejo tampoco nos hicieron sentir cómodos. Cuando terminó, algunos jóvenes salían diciendo que se habían emocionado o llorado. A mí me tocó volverme hacia mi hija y hacerle la terrible pregunta:

-¿Así son de verdad ciertas situaciones en el instituto?
-Mamá, ¡lo han clavado!

lunes, 20 de marzo de 2017

Semillas musicales

Hoy empieza la primavera, pero mis hijos pequeños y yo viajamos el sábado por las cuatro estaciones de la mano del virtuoso Quinteto Respira en el Auditorio Miguel Delibes con su nuevo espectáculo: El jardín musical, producido conjuntamente con Teloncillo Teatro. Cuando se unen el buen hacer con la mejor música y además se mima la dramaturgia, el espectador adulto sólo lamenta no poder cerrar los ojos, que es lo que inicialmente pide el Canon de Pachelbel, porque la belleza de la coreografía y la escenografía no se lo merecen.

El jardín musical es un viaje a la vida y como tal, empieza en un ambiente en penumbra, casi uterino. Los espectadores contemplan con curiosidad un escenario aparentemente vacío en el que cuatro árboles ideados por Juan Carlos Pastor nos hacen un recorrido por las cuatro estaciones. Poco a poco llega hasta sus oídos el sonido de los distintos instrumentos, por separado, adaggio, porque las cosas más bellas, como la vida o el amor, germinan despacio. Los instrumentos se presentan de este modo a un público estimado a partir de tres años. La mayoría de los niños de tres años no saben lo que es un oboe o un fagot, pero a todos les encanta cuando pasan a su lado, y a muchos no se les va a olvidar, al menos durante un tiempo.

Después de este primer contacto, viajando a través del público, los músicos del quinteto llegan a escena y descubrimos que el escenario no estaba vacío: Silvia Pérez Báscones es la bailarina que materializará las fantasías musicales de los espectadores en este jardín. Su coreografía cuenta la historia de tres semillas que parten con el viento del otoño y, tras soportar los rigores de las tormentas invernales (en los que Saint Saéns tiene mucho que ver), germinan en primavera bajo los auspicios de  Rossini y Beethoven. A partir de este sencillo argumento, El jardín musical es rico en detalles y sencillo en la forma en que se entrega a su público. Silvia dirige este viaje a la vida, acaparando las miradas del público, mientras los niños se familiarizan casi sin notarlo con la dulzura del fagot (Vicente Moros), el encanto de la flauta dulce (Katrina Penman), la tierna sonoridad del oboe o el corno inglés (Lola Díez), el romántico lamento del clarinete (Eduardo Alfageme) o la indispensable contundencia de la trompa (Doris Gálvez).

No sé qué me ha gustado más de este espectáculo: la selección musical de Katrina Penman es inmejorable, llena de temas conocidos que los niños pueden tararear en casa y serán identificados por sus padres. Ana Gallego y Ángel Sánchez aportan su experiencia en espectáculos para bebés en la dramaturgia y dirección de escena respectivamente. Todo es dulzura y ternura, a pesar de que hay tormentas, porque nacer siempre conlleva cierta incertidumbre: los colores del escenario, la iluminación, la versátil utilería de Eva Brizuela e Israel Robledo que nos transporta sin palabras de una estación a otra, la coreografía tan divertida como infantil.


El jardín musical es un reto a las capacidades receptivas de su público. Es imposible captar todos los detalles y aguantarse las ganas de bailar. Unos niños se habrán quedado con el Canon, otros con las hojas de otoño y el viaje en cometa que hacen las semillas, otros con la interacción con Silvia o los momentos de percusión corporal con el quinteto, algunos se habrán fijado en el fagot y otros en la trompa, pero en todos ellos, se ha sembrado una semilla musical que florecerá en futuras primaveras.

domingo, 19 de marzo de 2017

El teatro es un virus, propágalo

Clase de Lengua de 2º de E.S.O., la profesora se enfada porque la mayoría de los alumnos no saben leer en voz alta y les increpa: ¿acaso no habéis ido nunca al teatro? Silencio total (mutis por el foro, pero sin salir de clase). Tímidamente levanta la mano Paula: Yo sí, una vez fui a ver "La brujita Amelita", cuando tenía 7 años, y me gustó tanto que aún recuerdo la canción. Profe, ¿si la canto me sube medio punto?

Ésta es una anécdota real ligeramente modificada por mi mano para darle un toque de humor, pero la realidad es que, sin tener más estadística que mi experiencia como espectadora reincidente, observo con tristeza que los niños que van al teatro son siempre los mismos y que los demás, esa gran mayoría que no va nunca o sólo va a las funciones escolares, se lo pierden porque sus padres, responsables de administrar su tiempo de ocio, no los llevan. Hoy, Día Mundial del Teatro para Niños y Jóvenes, quiero reflexionar sobre los motivos por los que los padres no llevan al teatro a sus hijos y desmontarlos, y también sobre las ventajas de llevar a nuestros hijos al teatro.

Mejorando su capacidad de observación

Excusas para no ir al teatro con los niños

  • Es caro ➨ Falso. Es casi siempre más barato que un cine palomitas, mucho más barato que el fútbol y más que un paquete de cigarrillos. Que nadie me diga que el teatro infantil es caro con un cigarro en la boca. Además, hay muchos espectáculos de teatro infantil gratuitos, sólo hay que buscarlos
  • A mi hijo no le gusta ➨ Falso. Hay tal variedad de espectáculos infantiles (teatro, títeres, danza, magia...) que es imposible que ninguno le guste. Además, si alguna vez sale diciendo que no le ha gustado, alégrate, porque eso significa que está desarrollando su espíritu crítico. 
  • Me da pereza ➨ ¡Toma! Y a ellos hacer los deberes a las 4 de la tarde...
  • En el cine se portan mejor ➨ Falso. En el cine nadie juzga cómo se portan, si están molestando al de delante, con cambiarlos de fila ya lo solucionas. En el cine no hay que inculcar respeto al actor.
  • Sus amigos no van ➨ El teatro es un virus más contagioso que la gripe, propágalo tú, ya verás como los "infectados" repiten.
  • Ya irá de mayor si le gusta ➨ Nunca sabrá si le gusta, si no se lo has dado a probar. ¿Acaso has esperado a que tu hijo sea mayor para que elija su religión o se haga del Madrid? Pues eso.

Ventajas de llevar a nuestros hijos al teatro

Lluvia de beneficios
  • Es un ocio activo, ya que exige procesar la información que se recibe, obliga a reflexionar, y a partir de estas reflexiones puede generar diálogo intergeneracional.
  • Mejora la empatía, porque el teatro nos lleva a vivir otras vidas, incluso como espectadores, nos "pone en la piel del otro".
  • Potencia la imaginación, al no darlo todo hecho (como el cine). En el teatro infantil, el niño crea su propia representación de la realidad, por lo que cada función es única para cada espectador.
  • Inculca respeto por el trabajo de los actores, pero también hacia los otros espectadores. Los niños aprenden a estar en silencio y relajados durante una hora en un espacio lúdico, mientras disfrutan.
  • Mejora la capacidad de observación, lo que no se ve, se pierde, no hay marcha atrás. En cada función, los niños aprenden a estar más atentos a los pequeños detalles y exportan ese aprendizaje al resto de sus experiencias vitales.
  • Aumenta la memoria, en relación con la capacidad de observación, pero también por el aprendizaje de pequeños textos, poesías o canciones.
  • Sociabiliza, porque el teatro es un arte colectivo, tanto en su producción como en su consumo.
  • Impulsa la expresión artística. El teatro es una forma de arte que potencia la creatividad. Luego los espectadores van a reflejarla en dibujos, representaciones domésticas o cuentos inventados.
  • Mejora la resolución de problemas, al incrementar la creatividad.
  • Compartir una actividad lúdica y cultural mejora las relaciones parentales. 
  • Genera agilidad mental, al convertir al espectador en intérprete de los diálogos y del lenguaje no verbal en tiempo real.

Hace casi catorce años que fui madre por primera vez. Siempre he llevado a mis hijos al teatro. A veces he sido criticada por ello, de soslayo: ¡qué barbaridad!, ¿tan pequeña la llevas? ¿tantas veces? (con sorna) ¡qué cultural!... hasta tal punto que confieso que, durante un tiempo, no negué, pero oculté mi devoción por la escena. De repente un día, me di cuenta de que todo el mundo intenta captarte para su causa, sin avergonzarse de ella: vota a tal partido, reza a tal dios, hazte del Betis, ve a los toros...y decidí hacer lo mismo con el teatro. Empecé por no ocultar mi devoción, luego la plasmé en este blog, y las preguntas de los demás fueron cambiando, primero, ¿a qué teatro has ido este fin de semana? y ahora, ¿a qué teatro vas a ir el fin de semana que viene?

El teatro es a la cultura como el omega tres o las vitaminas a los alimentos probióticos. Llevar al teatro a tus hijos es darles una experiencia cultural que los enriquece y hace crecer en madurez y en habilidades que mejorarán su capacidad para enfrentarse a situaciones difíciles. El teatro para los adolescentes es una vacuna contra el aburrimiento, la desidia y el desinterés de los que siempre se les acusa injustamente. No esperes a que tus hijos crezcan, llévalos al teatro ahora: el teatro es un virus, déjate contagiar.

viernes, 17 de marzo de 2017

Los pájaros bailan Prokófiev

Una historia se puede contar con palabras, con gestos, con música, con imágenes o con todo esto a la vez, y de eso tratan, en parte, las artes escénicas. El domingo Tim Plegge traspasó esa barrera con su Cenicienta, del Hessiches Staatsballet en el teatro Calderón, donde el lenguaje de los cuerpos enlazados a través de la danza (con mayúsculas) silenció a todos los demás hasta tal punto que, en ciertos momentos, dejé de escuchar a Prokófiev y sólo escuché su coreografía. Nunca me había ocurrido.

Ezra Houben rebelándose contra su destino
Cuando se levantó el telón, nos enfrentamos a una escenografía árida, gris, inquietante como la bandada de pájaros negros o la música de Jórg Gollasch, que constituyó un magnífico complemento a Prokófiev. Nunca he visto una escenografía tan al servicio de la dramaturgia en ballet como la de Sebastian Hannak, que desde su aparente sencillez, llega a hacerse imprescindible para la historia, cuando lo habitual es ver escenografías pretenciosas y exuberantes que se tornan invisibles tras los primeros minutos. Esta sencillez de la escenografía se transmite a la iluminación, que también me encantó.

Los pájaros fueron la compañía de Ezra Houben desde el primer momento y nos dieron una idea de lo que nos quedaba por ver: inspirado en la versión de Whilhelm Grimm, nos enfrentábamos a una coreografía que nos obligaba a realizar el mismo viaje catártico que a su protagonista, es decir, a enfrentarnos a nuestros fantasmas, a destronar ideales ficticios, para llegar a sentirnos bien con nosotros mismos. Ezra Houben nos introdujo en la historia de mano de los magníficos pájaros, pero eso sólo había sido el principio: poco a poco la fuerza expresiva de este elenco encabezado por ella invadió el escenario y ya no vi nada más que danza.


Las hermanas disputándose al príncipe

En justicia tengo que decir que la dramaturgia me gustó bastante. Esther Dressen-Schaback exprime muy bien el trabajo de escenografía de Hannak y versiona de una forma muy original el cuento, convirtiendo al príncipe en aspirante a astronauta y al cartero real en avión de papel. La obra está salpicada de pequeñas escenas llenas de dramatismo y de una enorme intensidad emocional, como la de la primera cena en familia con la madrastra y las nuevas hermanas. 

Tim Plegge me ha conquistado para siempre. Su coreografía me ha hecho volar del anfiteatro al escenario, olvidarlo todo, sentir la historia, incluidas las emociones más desagradables. Transmitir cosas hermosas con el ballet, es fácil, porque el ballet es hermoso en sí, pero transmitir la envidia (Seraphine Detscher, Stellina Nadine Jonot), el odio (Ludmila Komkova, una de mis favoritas), la decepción o la lucha interior (James Nix) desde la coreografía, da un matiz humano a la historia que la acerca al espectador y éste la hace suya. Me he estremecido con la soledad de Cenicienta, pero también siento que he bailado como si no hubiera un mañana.


Ludmila Komkova fotografiada por Regina Brocke

Acudí al ballet con mis dos hijas con ciertas reticencias respecto a la pequeña (7 años). Es ballet sin tutús, le dije, pero como conoces el cuento lo entenderás todo. Y así fue, prácticamente no hubo preguntas durante las dos horas de representación, aunque en el descanso hubo mucha conversación: alucinante, miedo, divertido, ballet, fueron las palabras más repetidas en ese intervalo en el que no nos movimos de nuestro sitio esperando con ansias el final del descanso. Gracias Plegge, por entregarnos toda la magia de este cuento sin ser Disney, gracias por hacer que los pájaros bailen Prokófiev.


lunes, 6 de marzo de 2017

Diversión al cubo

Ayer en el Teatro Calderón tuvimos triple diversión: en primer lugar, porque nos enfrentamos a Cubos, una obra de Bambalina cuya finalidad es puramente lúdica, en segundo porque fuimos partícipes activos de la acción y en tercero porque se realizaba con cubos propiamente dichos. Jaume Policarpo idea y dirige muy acertadamente esta improvisación narrativa, locura colectiva o creación espontánea que hizo reír sin parar a los niños presentes y nos dejó con bastantes interrogantes a los adultos.

Cubos se basa en un juego infantil de dados, y de éstos está compuesta la escenografía: dados gigantes con imágenes diversas relacionadas con temas tan distantes como la naturaleza, el arte, las matemáticas o el espacio. En ellas se encierran potencialmente mil historias que finalmente surgirán en la voz de tres divertidísimos narradores-actores: Ruth Atienza, Àlex Cantó y Miguel Seguí. Algunos niños del público suben al escenario y comienza el juego: seleccionan sus imágenes favoritas y a partir de ellas se desarrollan distintas narraciones. Los niños captan la técnica desde el primer minuto y les encanta esa combinación de azar y necesidad en la que a ellos se les da el poder de elección del punto de partida.

Ruth Atienza combinando el azar y el libre albedrío

A pesar de que la técnica de partida es la improvisación, en Cubos todo es rápido: los actores no salen del escenario en ningún momento, no hay oscuros, todo está a la vista y las únicas sorpresas posibles se albergan dentro de los cubos, que están llenos de objetos relacionados con las imágenes del exterior. Un espacio sonoro muy prolífico a cargo de Truna y Mei acompaña esta acción trepidante: los actores exploran todas las posibilidades del espacio escénico ya sea haciendo una torre con vasos de plástico, colocando los cubos para contar una historia o manipulando objetos y marionetas al antojo del argumento. 

Ruth, Àlex y Miguel dominando al ogro
Cubos me pareció una apuesta por un lenguaje escénico distinto con los elementos de siempre que son clave de éxito y una forma narrativa diferente. Personajes enfrentados, ridiculización, hipérbole, teatro del absurdo para niños atrapados en una sociedad que cada vez les exige más lógica. ¿Por qué sube a una moto el ogro? Porque era la función de ayer, pero en la de otro día, igual podría haber subido a una antena de telecomunicaciones o disparado números siete desde un transbordador espacial. El ojo del adulto es inmune a este lenguaje narrativo: los adultos vemos una lavadora donde los niños ven un temible tornado devastador que absorbe ideas y escupe personajes.

La apuesta que hace Bambalina Teatre Practicable en Cubos por la improvisación me pareció muy interesante en esta época, en la que a los niños se les da todo muy estructurado. Nuestros planes para cualquier tarde cuando teníamos la edad de nuestros hijos era ver Barrio Sésamo, montar en bici por el barrio y comer todo el chocolate posible, el resto era pura improvisación. No quiero decir con esto que esté mal que nuestros hijos estudien ballet, jueguen al pádel o toquen el piano, mis hijos también tienen un montón de actividades, pero es importante no perder la posibilidad de ejercer esa improvisación, encontrar momentos para expresar su creatividad de manera espontánea, para cambiar el final del cuento a su libre albedrío. Los niños salían del teatro con un recortable de cubos que Bambalina nos había regalado, inventando nuevas historias, riéndose con las anécdotas de lo que habían visto (especialmente con las más irreverentes y escatológicas), imaginando mil finales diferentes. Objetivo conseguido, Bambalina.


viernes, 3 de marzo de 2017

El universo en un bolsillo

A veces el teatro se llena de poesía, y otras la poesía se hace teatro, el domingo ocurrió esto último en la obra El gran traje, de LaSaL Teatro en la sala LAVA . Por la mañana había estado dando un paseo a orillas del Pisuerga con Julia Ruiz, autora del texto y directora, y me había estado explicando cómo había sido la génesis de este montaje con tanta sencillez como explicaría un sastre las maravillas de su aguja, sin sorprenderse, como si introducir un universo poético en una gabardina gigante fuera lo cotidiano.


Julia Ruiz y Luis Britos

El gran traje cuenta la historia de Niña-pequeña, una protagonista a la que acompañamos desde el vientre materno hasta la edad adulta. Toda su vida está compuesta de pequeñas anécdotas con las que nos reímos, reflexionamos, nos identificamos  o nos emocionamos. El texto parte de lo cotidiano, de lo físico, para llevarnos a lo trascendental, como dice Niña-pequeña, lo invisible: la belleza, el paso del tiempo, la ingenuidad, la alegría, la tristeza, el amor, el aprendizaje, la empatía... todo culminado por esa eterna pregunta que todos los niños nos hemos hecho más de una vez: ¿cuánto voy a tardar en ser mayor?.

Con Julia Ruiz y Niña-pequeña
Yo suelo decir que una obra de teatro está muy bien dirigida cuando me cuesta distinguir en mis recuerdos la escenografía del texto, la música o la iluminación. Esto ocurre porque la obra se ha entregado a mis sentidos como un todo y mi memoria se niega a desmontarla. El gran traje tiene una escenografía aparentemente sencilla pero llena de sorpresas, ideada por Julia Ruiz y materializada por Isa Soto, que también hace el vestuario, el atrezzo y las preciosas marionetas, porque esta historia nos la cuentan en un paralelo perfectamente coreografiado las marionetas y la actriz protagonista, en esta ocasión, la misma Julia. La iluminación de Almudena Oneto nos descubre los misterios de este traje lleno de vida. El gran traje es una obra repleta de silencios que hablan, y lo hacen a través de la mímica de su actriz y de la orquesta de marionetas que pululan por sus bolsillos y recovecos varios. Estos silencios dicen tantas cosas que de por sí se podría decir que son hermosos, pero además están sustentados por una preciosa banda sonora a cargo de Mariano Lozano-Plata, que cubre todos los entresijos emocionales del argumento.

Me ha gustado muchísimo de El gran traje la manipulación, responsabilidad que llevan a medias Julia Ruiz y Luis Britos. Las marionetas entran y salen de la escenografía con la naturalidad de lo cotidiano, como las escenas que narran: yo nunca había visto nacer a una marioneta, ni ir al baño, ni perseguir a su mascota doblando sus articuladas rodillas para saltar tras ella. Me ha encantado. El gran traje nació en 2002 y sigue en cartel porque es uno de los espectáculos más solicitados de la compañía, de hecho acumula tantos premios que casi no son suficientes los dedos de las dos manos para contarlos y hasta ha cruzado el océano Atlántico en más de una ocasión.


Coreografía paralela marioneta-actriz

El gran traje me ha parecido un espectáculo que habla en distintos lenguajes a niños y adultos. Para los niños es una sucesión de apariciones sorprendentes y personajes que guían la acción de una forma muy divertida hacia donde quiere ir el texto: a la reflexión sobre el paso del tiempo. Para el adulto es una oportunidad de reencontrarse con el niño que fue, de mirar a través de los ojos de Niña-pequeña y sentir que, de nuevo, el mundo es muy grande, aunque quepa en un bolsillo.