sábado, 29 de abril de 2017

Zapatos de plomo, alas en los pies

Me siento privilegiada y qué bien que haya gente así en el mundo eran los dos pensamientos recurrentes del domingo por la mañana durante mi paseo con Omar Meza en los alrededores del LAVA. Y es que Omar no es un intérprete de coreografías hermosas, danza como vive y piensa, y por eso su compañía es un privilegio y Da. Te Danza, una maravilla. Algo así fue nuestra conversación:

-¿Pies de bailarín es tu particular acción de gracias a la danza que te ha dado tanto?
-La danza ha sido la culminación de mi sueño, mi deseo desde niño, mi casa y mi refugio de las tormentas. Pies de bailarín es una despedida de mi faceta de bailarín, que culmina aquí, porque de la danza no me voy a ir nunca.
-Para ti no fue fácil bailar, ¿eres el Billy Eliot mexicano?
-Más o menos, mis padres me mandaron a kárate y cuando mencioné que quería bailar, mi padre dijo que nunca sería un hombre de verdad.
-Entonces, ¿es una historia con final feliz?
-Más bien es una historia con comienzos difíciles, lo que quiero transmitir con ella es que los sueños se consiguen, a veces con más esfuerzo, contra viento y marea, casi nunca son gratis, pero se alcanzan.
-Pies de bailarín también hace un homenaje a tu madre, ¿la danza ha sido tu segunda madre?
-Mi madre me dio la vida y mi vida ha sido la danza, creo que las dos se merecen un homenaje.

Con Omar Meza en las puertas del LAVA

Omar y yo nos despedimos hasta por la tarde. La siguiente vez que lo vi, estaba calentando, no porque Omar lleve su amor por el público, su generosidad, hasta el punto de entregarnos incluso el calentamiento (ver calentando a Omar es ya un lujo de por sí), sino porque el espectáculo Pies de bailarín comienza y termina en el backstage. En este espectáculo, Omar Meza pretende contar su historia y su relación con la danza con su propio cuerpo, con los mismos músculos que la han vivido, por eso el público no ve con ojos de público, sino de protagonista.


Pies de bailarín es un acto poético de rememoración de la propia historia y como tal se entrega a su público en diversos formatos, porque recordamos con todos los sentidos: sonidos (voz en off, espacio sonoro diverso, a veces bastante inquietante, música original de Jesús Fernández y preciosos recuerdos sonoros), vista (danza, expresión corporal, una utilería cargada de significado), tacto (texturas de los objetos que pasan por las manos de Omar e imaginamos tocar), olor (se huelen el miedo, la impotencia, la rabia, la lucha interior), gusto (la felicidad, la satisfacción de lo conseguido, la ansiedad de la primera entrega al público). Pies de bailarín es un espectáculo sinestésico porque la danza, a pesar de ser un ejercicio aeróbico, se percibe con todos los sentidos. Dentro de Omar hay mil mares y todos se reflejan en Pies de bailarín.

La madre de Omar Meza tiene un rincón especial en Pies de bailarín, una parte del escenario ocupada por una mesa (el punto de inflexión de toda habitación, el refugio para escapar de los golpes de un padre agresor, el rincón de los recuerdos maternos, como las primeras zapatillas de ballet). Siempre tuviste alas en los pies, le decía su madre, pero Omar descubrió pronto que el mundo no esta hecho para chicos con alas, sino por el contrario, lleno de zapatos de plomo. Omar se enfrenta en el escenario a esos zapatos de plomo, intenta bailar con ellos desesperadamente, se esfuerza por arrancárselos. Con Pies de bailarín Omar Meza nos plantea una reflexión: todos tenemos en la vida unos zapatos de plomo, si no descubrimos qué o quién son esos zapatos, nunca podremos volar aunque tengamos alas en los pies.

Omar Meza en el precioso final
Pies de bailarín es un trabajo coral sobre una reflexión individual. Han dirigido esta mirada al pasado de Omar Meza, Valeria Fabretti y Yutaka Takei, en colaboración con Paco Pascual. Yutaka Takei y Alfonso Ordóñez, han dotado de movimiento a estas imágenes lejanas.  Juan Mesa y Gracia Morales han hecho un gran trabajo poniendo palabras a esos recuerdos de Meza, a veces en off y otras en la propia voz del bailarín. Ernesto Monza ha diseñado una iluminación que reitera la catarsis, que enfrenta al personaje a sí mismo, a su sombra, a su cuerpo, a su reflejo final en el espejo. Al final de Pies de bailarín Omar no se fue, nos ofreció la posiblidad de abrir un debate, de que los niños le preguntaran lo que quisieran. Algunos niños sólo veían la danza, otros veían también la lucha personal, todos querían saber más, saber cómo se llega hasta donde está Omar, qué hay que hacer para ser Omar. Él se reía con esa sonrisa de niño intacta que conserva y animaba a su público a que luche por sus sueños, no hay un único camino, esfuérzate por conseguir tus sueños y los caminos se abrirán ante ti, parecía decir.



viernes, 28 de abril de 2017

Y al final fuimos tocados

El sábado pasado en Valladolid la oferta escénica tenía varios atractivos y me tocó elegir. Elegí Cyrano de Bergerac sin dudarlo por amor a la historia de Edmond Rostand pero me senté en primera fila en el teatro Carrión con las pistolas cargadas por las renuncias que me había tocado hacer y con mucho miedo a una posible decepción. 

Los cadetes gascones

Cyrano de Bergerac es tan sumamente teatral que resulta difícil de representar aunque parezca paradójico. Y es que, con los medios con que cuenta la escena en estos tiempos,  para montar una obra que exige elenco, escenografía, vestuario de época, metateatro, un protagonista versátil y un público que aguante sentado más de dos horas hay que ser un poco Cyrano. Alberto Castrillo-Ferrer es el Cyrano que lo ha conseguido y José Luis Gil el lunático que lo ha ayudado.

José Luis Gil, al borde de la decepción amorosa

Ya sabéis que yo soy muy textual, a mí se me conquista por la palabra y en el caso de los clásicos, el relato tiene que oler al autor. En dramaturgia la adaptación tiene que conseguir conservar el sabor tradicional aunque la textura del plato haya cambiado. Castrillo Ferrer, en colaboración con Carlota Pérez Reverte, ha hecho una adaptación que mantiene el sabor de Rostand y lo adereza con más toques de humor, si cabe. Este director lo ha conseguido: ha reunido todos los ingredientes para hacer un Cyrano a la altura de lo que José Luis Gil nos iba a ofrecer. Ha plasmado su trabajo previo sobre el texto en un trabajo de dirección escénica muy minucioso: canciones, lucha, compenetración escénica del elenco actoral, dinamismo en el espacio escénico, una preciosa coreografía de esgrima de mano de Jesús Esperanza, una iluminación certera de Nicolás Fitschel que multiplica las posibilidades de ese espacio escénico, un espacio sonoro rico en matices con música variada y una escenografía sencilla y sorprendente a la que yo le habría añadido algún toque más de vídeoescena.



Cyrano de Bergerac comienza en el teatro y nos acaba demostrando que toda nuestra vida es una representación. Quien no esté enamorado de este personaje es un ser inmune al poder de la palabra. Qué pocos Cyranos habitan este mundo digital, donde la tiranía de economizar caracteres hace que se respete tan poco a la palabra como a los derechos humanos, donde para encontrar un Cyrano te tienes que enfrentar a los selfies de mil Narcisos. El Cyrano de Bergerac producido por La Nariz de Cyrano rescata este amor por la palabra como arma de guerra y de vida. Me ha conquistado desde el principio, llevándome al teatro, girando 180º con las entradas y salidas de los personajes, amortizando la escenografía. Ha sido un Cyrano tan cercano al público que he sentido estar en un corral de comedias. 

José Luis Gil, Ana Ruiz y Álex Gadea 
José Luis Gil nos ha mantenido en vilo todo el tiempo con su incontinencia verbal, su pasión visceral, su ibicuidad escénica y ese don para potenciar el valor de sus silencios. Ana Ruiz nos ha sorprendido incluso musicalmente y Alex Gadea nos ha sumido en la debacle de su propia incertidumbre: ¿todo vale en el amor?. Del resto del elenco a mí me ha encantado la actuación de Rocío Calvo, un cadete gascón que llena de color todas sus escenas y una hábil criada, aunque golosa. 

El sábado aprovechamos muchas pequeñas pausas de la escena para aplaudir antes del final, nos reencontramos con el placer de la palabra en verso, nos rendimos a la elocuencia y a la locura del amor, vivimos la sinrazón de la guerra, vimos a la muerte venir y elegir a sus personajes, disfrutamos de dos horas de éxtasis escénico creyendo que podríamos salir indemnes y al final fuimos tocados. No os perdáis este Cyrano.

viernes, 21 de abril de 2017

Me confieso lunática

El domingo de Ramos, mi hija pequeña y yo nos enfrentamos a una serie de contradicciones: elegimos teatro a pesar de que la primavera nos asaltaba en cada esquina, en cada recoveco, reclamándonos más atención y una dosis de aire libre, elegimos Paraíso, pero nos sentamos en segunda fila, elegimos teatro pero fuimos a Lunaticus Circus. Mientras entrábamos en el LAVA ella me preguntaba:

-¿Es circo o teatro?
-Yo creo que es circo dentro del teatro.
-Será un circo muy pequeño.
-Tu cabeza es pequeña y caben sueños grandes...

No se lo dije a mi hija para no condicionarla, pero en esta ocasión yo había visto en la web del LAVA que este montaje tenía el premio FETEN 2016 a la escenografía y eso me había predispuesto negativamente, porque a veces cuando la escenografía es tan buena como la de Ikerne Giménez, el espacio escénico cuenta la historia, quedando fuera de juego el trabajo actoral e incluso el texto. Pronto esa estúpida predisposición negativa cayó en picado, mientras me sumergía con mi hija en la divertidísima ternura de Lunaticus Circus.

Improvisando un número

La primera imagen de Lunaticus Circus no pudo ser más destartalada: imaginaos una caravana viejísima, abandonada, llena de rendijas por donde se cuela el viento. Si dentro pusiéramos un foco, a través de estas rendijas se verían rayos de luz. Ikerne Giménez puso dentro el ingenio de Teatro Paraíso (Ramón Molins y Tomás Fernández Alonso) y salieron por las rendijas elementos poéticos. Lunaticus Circus es una oda poética al sentimiento más puramente humano (la necesidad de compartir) cantada por tres perros.

Compartiendo mantas bajo la nieve
Como en los circos de fuera del teatro, en Lunaticus Circus el tiempo pasó volando, porque al ritmo de una preciosa selección musical escogida muy acertadamente por Ramón Molins y Pilar López, la historia nos atrapó en la red de Ikerne, que como una araña tejió el galardoneado espacio escénico a la perfección, hasta en los detalles más inesperados y sorprendentes, monstruo incluido. No sé si se podría contar la historia sin esta escenografía tan perfeccionista, tan poética, tan evocadora, tan pulcra, tan exquisita en detalles, tan sonora en sí, más allá del espacio sonoro. Lo que sí sé, es que no es ella quien cuenta la historia. Esta escenografía es un guante de tres dedos: Tomás Fernández (el ingenio), Ramón Monje (la ingenuidad) y Mikel Ibáñez (la imaginación).

La forma en que estos tres actores enriquecen con su trabajo el texto dentro del espacio escénico hace que todo parezca mucho más rápido, casi que el espectador lamente verlo sólo una vez (yo estoy deseando repetir). La ternura, la torpeza, la creatividad y la ironía se combinan para provocar sonrisas y carcajadas durante los sesenta minutos que dura la representación. Estos tres dedos nos van enseñando, primero su mundo, a través de la risa, en un comienzo mímico, casi sin texto, con una coreografía calzada a una música circense. Poco a poco, los dedos nos señalan a nosotros mismos, porque cada rincón de la caravana de Lunaticus Circus es un mensaje de vida: comparte, diviértete, sueña, improvisa locuras porque a veces salen bien, regala abrazos, sonríe, disfruta de lo que haces...Sé que estábamos en el teatro porque nos reíamos, pero también sé que estábamos atrapadas en la tela de araña porque no nos queríamos ir cuando se terminó.

Con Ramón Monje, Mikel Ibáñez y Tomás Fernández
Los que seguís este blog sabéis que siempre trato de destacar lo más positivo de cada espectáculo, pero pocas veces digo esta frase: me ha gustado todo de Lunaticus Circus. Me ha encantado el vesturario, la utilería (llena de elementos sorpresa, como el patito de goma), la iluminación....Si el teatro es una religión, yo quiero estar en el Paraíso. A partir de hoy, me confieso lunática.


martes, 18 de abril de 2017

Todas las madres del mundo

El sábado llegar al teatro Calderón con todos los parkings del centro cerrados o completos fue mi propia estación de penitencia. Llegué corriendo con tacones y sin mucha motivación, la verdad. El título de la obra La velocidad del otoño no me gustaba (y sigue sin gustarme). Como de costumbre, no había leído mucho más que el argumento (conversación entre una madre anciana y su hijo sobre el paso del tiempo) y no me parecía nada atractivo. Iba con prejuicios y cuando me senté, me dijo mi amiga Pilar: últimamente no te gusta nada de lo que ves, a ver hoy. Empezábamos mal.

©Daniel Dicenta
El otoño es mi estación favorita del año, nunca me ha gustado que se asocie a la vejez: árboles que pierden hojas, bosques que crujen por todas partes, olores a humedad y frío que se cuela por todos los huecos. Para mí el otoño es libertad de colores, sabiduría acumulada para sobrevivir al invierno, setas que surgen con las primeras lluvias, frutas exquisitas. Lola Herrera fue todo eso y mucho más el sábado, y Juanjo Artero fue un partener a la altura, impecable, sorprendente, un catalizador de emociones sobre el escenario. Adiós prejuicios, a los cinco minutos del comienzo ya me habían conquistado.

A pesar de su título, La velocidad del otoño no habla sobre el fugaz paso del tiempo. Habla sobre la vejez, pero no la sitúa en el centro de la trama. Eric Coble plantea el dilema de la identidad al final de la vida: ¿somos la persona que llega al final del camino o la suma de las personas que hemos sido en las distintas etapas? Y nuestra relación con los demás, ¿está marcada por los distintos encuentros y desencuentros con ellos por parte de esas personas que hemos sido? Cuando un niño nace, su madre lo acompaña en el amanecer del desarrollo cognitivo. Cuando un anciano se acerca a su final, a muchos hijos, como a Juanjo Artero, les toca realizar el camino inverso. ¿Estamos preparados para afrontar este camino con ternura, creatividad y buen humor? Eric Goble sí, y Magüi Mira también.

Magüi Mira diseña en La velocidad del otoño un espacio escénico tan sencillo que nadie pensaría que por él pueden pasar dos personajes tan barrocos como Alejandra (Lola Herrera) y Cris (Juanjo Artero). Lo que convierte a dos monologuistas conmovedores en un tándem emocional que arrasa sobre el escenario hasta el punto de que ni siquiera en los más íntimos monólogos se obvia al otro es casi siempre la mano de un gran director, en este caso (y cuanto me alegro), directora. Como siempre ocurre con el buen teatro, La velocidad del otoño se entrega como un todo a nuestros sentidos: una iluminación precisa, certera, de José Manuel Guerra, una escenografía sencilla y clave para el texto, un trabajo actoral soberbio y una dirección exquisita que se recrea en el uso del espacio escénico (años de vida contados desde un sofá rojo) y música muy evocadora coreografiada a la perfección con los movimientos escénicos de los dos protagonistas. Pentación Espectáculos ha tenido en este montaje una secuencia de aciertos.

©Daniel Dicenta

Juanjo Artero me ha enamorado totalmente: qué capacidad gestual, qué forma de moverse sobre el escenario, qué ternura, qué rabia, qué energía generadora de sentimientos opuestos, qué lágrimas. Juanjo Artero ha llenado de colores este otoño y a través de sus ojos hemos visto el arcoiris de la bandera homosexual y del ritual con arena de los indios Navajo. La velocidad del otoño te hace reír y llorar porque Juanjo Artero ríe y llora, no os digo más. A su lado una Lola Herrera envidiable, fantástica, ágil en sus movimientos y rápida en sus respuestas, divertida, arrolladora como su personaje, pasional. No otoñal como una vela que se apaga, sino ardiente como un ejército de velas. Tan versátil que cuando salimos me dijo mi amiga Pilar, en algunos momentos he visto a mi madre, y le contesté: yo he visto a todas las madres del mundo.