martes, 18 de abril de 2017

Todas las madres del mundo

El sábado llegar al teatro Calderón con todos los parkings del centro cerrados o completos fue mi propia estación de penitencia. Llegué corriendo con tacones y sin mucha motivación, la verdad. El título de la obra La velocidad del otoño no me gustaba (y sigue sin gustarme). Como de costumbre, no había leído mucho más que el argumento (conversación entre una madre anciana y su hijo sobre el paso del tiempo) y no me parecía nada atractivo. Iba con prejuicios y cuando me senté, me dijo mi amiga Pilar: últimamente no te gusta nada de lo que ves, a ver hoy. Empezábamos mal.

©Daniel Dicenta
El otoño es mi estación favorita del año, nunca me ha gustado que se asocie a la vejez: árboles que pierden hojas, bosques que crujen por todas partes, olores a humedad y frío que se cuela por todos los huecos. Para mí el otoño es libertad de colores, sabiduría acumulada para sobrevivir al invierno, setas que surgen con las primeras lluvias, frutas exquisitas. Lola Herrera fue todo eso y mucho más el sábado, y Juanjo Artero fue un partener a la altura, impecable, sorprendente, un catalizador de emociones sobre el escenario. Adiós prejuicios, a los cinco minutos del comienzo ya me habían conquistado.

A pesar de su título, La velocidad del otoño no habla sobre el fugaz paso del tiempo. Habla sobre la vejez, pero no la sitúa en el centro de la trama. Eric Coble plantea el dilema de la identidad al final de la vida: ¿somos la persona que llega al final del camino o la suma de las personas que hemos sido en las distintas etapas? Y nuestra relación con los demás, ¿está marcada por los distintos encuentros y desencuentros con ellos por parte de esas personas que hemos sido? Cuando un niño nace, su madre lo acompaña en el amanecer del desarrollo cognitivo. Cuando un anciano se acerca a su final, a muchos hijos, como a Juanjo Artero, les toca realizar el camino inverso. ¿Estamos preparados para afrontar este camino con ternura, creatividad y buen humor? Eric Goble sí, y Magüi Mira también.

Magüi Mira diseña en La velocidad del otoño un espacio escénico tan sencillo que nadie pensaría que por él pueden pasar dos personajes tan barrocos como Alejandra (Lola Herrera) y Cris (Juanjo Artero). Lo que convierte a dos monologuistas conmovedores en un tándem emocional que arrasa sobre el escenario hasta el punto de que ni siquiera en los más íntimos monólogos se obvia al otro es casi siempre la mano de un gran director, en este caso (y cuanto me alegro), directora. Como siempre ocurre con el buen teatro, La velocidad del otoño se entrega como un todo a nuestros sentidos: una iluminación precisa, certera, de José Manuel Guerra, una escenografía sencilla y clave para el texto, un trabajo actoral soberbio y una dirección exquisita que se recrea en el uso del espacio escénico (años de vida contados desde un sofá rojo) y música muy evocadora coreografiada a la perfección con los movimientos escénicos de los dos protagonistas. Pentación Espectáculos ha tenido en este montaje una secuencia de aciertos.

©Daniel Dicenta

Juanjo Artero me ha enamorado totalmente: qué capacidad gestual, qué forma de moverse sobre el escenario, qué ternura, qué rabia, qué energía generadora de sentimientos opuestos, qué lágrimas. Juanjo Artero ha llenado de colores este otoño y a través de sus ojos hemos visto el arcoiris de la bandera homosexual y del ritual con arena de los indios Navajo. La velocidad del otoño te hace reír y llorar porque Juanjo Artero ríe y llora, no os digo más. A su lado una Lola Herrera envidiable, fantástica, ágil en sus movimientos y rápida en sus respuestas, divertida, arrolladora como su personaje, pasional. No otoñal como una vela que se apaga, sino ardiente como un ejército de velas. Tan versátil que cuando salimos me dijo mi amiga Pilar, en algunos momentos he visto a mi madre, y le contesté: yo he visto a todas las madres del mundo.


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