viernes, 28 de abril de 2017

Y al final fuimos tocados

El sábado pasado en Valladolid la oferta escénica tenía varios atractivos y me tocó elegir. Elegí Cyrano de Bergerac sin dudarlo por amor a la historia de Edmond Rostand pero me senté en primera fila en el teatro Carrión con las pistolas cargadas por las renuncias que me había tocado hacer y con mucho miedo a una posible decepción. 

Los cadetes gascones

Cyrano de Bergerac es tan sumamente teatral que resulta difícil de representar aunque parezca paradójico. Y es que, con los medios con que cuenta la escena en estos tiempos,  para montar una obra que exige elenco, escenografía, vestuario de época, metateatro, un protagonista versátil y un público que aguante sentado más de dos horas hay que ser un poco Cyrano. Alberto Castrillo-Ferrer es el Cyrano que lo ha conseguido y José Luis Gil el lunático que lo ha ayudado.

José Luis Gil, al borde de la decepción amorosa

Ya sabéis que yo soy muy textual, a mí se me conquista por la palabra y en el caso de los clásicos, el relato tiene que oler al autor. En dramaturgia la adaptación tiene que conseguir conservar el sabor tradicional aunque la textura del plato haya cambiado. Castrillo Ferrer, en colaboración con Carlota Pérez Reverte, ha hecho una adaptación que mantiene el sabor de Rostand y lo adereza con más toques de humor, si cabe. Este director lo ha conseguido: ha reunido todos los ingredientes para hacer un Cyrano a la altura de lo que José Luis Gil nos iba a ofrecer. Ha plasmado su trabajo previo sobre el texto en un trabajo de dirección escénica muy minucioso: canciones, lucha, compenetración escénica del elenco actoral, dinamismo en el espacio escénico, una preciosa coreografía de esgrima de mano de Jesús Esperanza, una iluminación certera de Nicolás Fitschel que multiplica las posibilidades de ese espacio escénico, un espacio sonoro rico en matices con música variada y una escenografía sencilla y sorprendente a la que yo le habría añadido algún toque más de vídeoescena.



Cyrano de Bergerac comienza en el teatro y nos acaba demostrando que toda nuestra vida es una representación. Quien no esté enamorado de este personaje es un ser inmune al poder de la palabra. Qué pocos Cyranos habitan este mundo digital, donde la tiranía de economizar caracteres hace que se respete tan poco a la palabra como a los derechos humanos, donde para encontrar un Cyrano te tienes que enfrentar a los selfies de mil Narcisos. El Cyrano de Bergerac producido por La Nariz de Cyrano rescata este amor por la palabra como arma de guerra y de vida. Me ha conquistado desde el principio, llevándome al teatro, girando 180º con las entradas y salidas de los personajes, amortizando la escenografía. Ha sido un Cyrano tan cercano al público que he sentido estar en un corral de comedias. 

José Luis Gil, Ana Ruiz y Álex Gadea 
José Luis Gil nos ha mantenido en vilo todo el tiempo con su incontinencia verbal, su pasión visceral, su ibicuidad escénica y ese don para potenciar el valor de sus silencios. Ana Ruiz nos ha sorprendido incluso musicalmente y Alex Gadea nos ha sumido en la debacle de su propia incertidumbre: ¿todo vale en el amor?. Del resto del elenco a mí me ha encantado la actuación de Rocío Calvo, un cadete gascón que llena de color todas sus escenas y una hábil criada, aunque golosa. 

El sábado aprovechamos muchas pequeñas pausas de la escena para aplaudir antes del final, nos reencontramos con el placer de la palabra en verso, nos rendimos a la elocuencia y a la locura del amor, vivimos la sinrazón de la guerra, vimos a la muerte venir y elegir a sus personajes, disfrutamos de dos horas de éxtasis escénico creyendo que podríamos salir indemnes y al final fuimos tocados. No os perdáis este Cyrano.

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