viernes, 16 de junio de 2017

Historia en femenino

Más de un centenar de personas nos hemos metido hoy en el teatro cuando lo lógico hubiera sido estar en la piscina. La culpa la tienen Xiqui Rodríguez y su compañía, Teatro del Navegante, que hoy han elegido historia cuando podían haber escogido daikiri, bendita elección. Esta tarde he visto en la sala LAVA Cartas al emperador, una versión dramatizada de la biografía de Carlos V escrita por Roberto García Encinas e interpretada por un elenco de espectros femeninos que han refrescado nuestra tarde a pesar de sus vestimentas medievales. 


©Félix Fradejas

Cartas al emperador cuenta los últimos momentos de la vida de Carlos V y por tanto se desarrolla en el monasterio de Yuste, pero recorre todo el imperio de su protagonista desde un prisma que nunca hubiera imaginado cuando me senté en la sala, el de las mujeres que compartieron su vida. Se puede decir por tanto que es una historia coral, porque se cuenta desde varias persectivas y un espectáculo multidisciplinar, ya que incluye su momento de danza, de música en directo y una videoescena sencilla pero ingeniosamente orquestada con gran acierto por Félix Fradejas. Para tratarse de una figura histórica que no me resultaba nada atractiva, yo iba de sorpresa en sorpresa, y todas agradables.

Me ha encantado Cartas al emperador porque está llena de paradojas que no dan tregua al espectador: una narración femenina con protagonista masculino escrita por un hombre, cambios de registro, flashbacks dentro de otros flashbacks, distintas técnicas combinadas para contar una misma historia, un espacio escénico austero como la corte pero sofisticado como el alma femenina que lo atraviesa, los comuneros de Castilla dejando rodar sus cabezas por la misma tierra de la que acaba de surgir la reina Juana, la lucha entre la pasión y el deber o el dilema de si el deber se puede convertir en pasión....


©Félix Fradejas
Pablo Rodríguez interpreta con acento de Flandes a un emperador que usaba el castellano para hablar con Dios, como ocurre al final de la obra. Cuatro mujeres lo zarandean emocionalmente en estos últimos momentos de su vida: la madre (Béatrice Fulconis, sorpendente desde su aparición en escena), la amante (Inés Acebes, una Germana en plena lucha interior, que me ha emocionado mucho con sus continuos cambios de registro), la esposa (Marta Ruiz de Viñaspre, que puede con todo, hasta con el emperador) y la abuela reina (Olga Mansilla, surgida de su retrato, imponente, arrolladora, aunque breve en su aparición). Xiqui Rodríguez no ha trabajado con actores, sino con un caleidoscopio de emociones diversas (amor, locura, pasión, ambición, ternura, obligación) y ha hilado muy fino para que el trabajo actoral se transforme en tapiz como los que describe Marta Ruiz de Viñaspre en su papel.


©Félix Fradejas
Continuando con la paradoja de este montaje, a pesar de que sus protagonistas son espectros, el espacio escénico multifuncional que ha ideado José Luis Cesteros, se va llenando de vida, ya que los personajes permanecen en él y enriquecen las apariciones posteriores en un juego temporal en el que la analepsis se convierte en rutina. La música de Óscar Martín Leanizbarrutia ampara estos vaivenes temporales maravillosamente. Cartas al emperador ofrece una perspectiva doméstica, femenina, silenciada, de la historia, ficticia, pero posible, porque nos muestra que los momentos en los que el emperador abandonaba su papel de semidiós  y se tornaba humano, surgían de la cercanía de una mujer. Con una precisión documentada gracias a Claudia Möler, el Teatro del Navegante nos ofrece la historia en femenino.

sábado, 10 de junio de 2017

El iceberg de los Max

Quienes me conocen bien, saben que la manzana es mi fruta favorita, así que los Premios Max unen dos de mis pasiones. El lunes me senté ante un bol de ensalada dispuesta a dejarme sorprender por el teatro mientras disfrutaba del broche de oro musical que constituyó Noèlia Pérez. Todo parecía perfecto. Disfruté de la gala como disfruto del teatro, pero a pesar de su combinación de música, humor y danza entre los premios, y de la fantástica sorpresa de Carles Santos, la gala me pareció un enorme iceberg congelado como el manzano blanco del escenario.

El teatro es tan grande como la vida, por eso es inabarcable en una gala anual y sólo vemos los picos del iceberg. El teatro, como el Polo Norte, se derrite, aunque los políticos nieguen la crisis y el cambio climático, pero el lunes no tocaba tragedia. Con una serenidad que ya presagiaba el precioso discurso de Távora (Premio de Honor), se habló de Amor, de tolerancia, de circo, de ganas de trabajar, de equipo, de cultura, de reconocimiento al público, de respeto a la diversidad, de compromiso social, porque un teatro que no provoca la reflexión, que sólo refleja lo que el público quiere ver, no perdurará cuando el público sea otro.


Távora, gigante, con la humildad de los grandes genios

Ni han ganado todos los que me gustaban, ni me gustan todos los que han ganado, pero he disfrutado muchísimo manzana tras manzana escuchando palabras que vertían optimismo sobre el futuro de las artes escénicas, agradecimientos que a veces se transformaban en versos, como en el caso de Ron Lalá (por favor, no encontréis la vacuna que cure la Cervantina) o en danza, como ocurría en los pies de Rocío Molina. La sencillez y el cariño con que han hablado los premiados honra a todas las capas del iceberg que quedaron finalistas o ni siquiera eso, y que a diario hacen un gran trabajo, porque en la escena de este país hay mucho arte.

Rocío Molina expresándose como mejor sabe
El lunes no vi a nadie llorar por no tener un tirador para su cisterna, aunque me consta que muchos lo tienen difícil hasta para pagar a quienes les descargan la furgoneta, no vi alegatos políticos, aunque se habló a las instituciones, no vi el foco puesto en el glamour, sino en el duende. Sólo dos cosas me dejaron congelada como el iceberg: la reivindicación de la visibilidad de la mujer en las artes escénicas y la alusión al boicot por causas nacionalistas.

Como dice El cartero de Pablo Neruda en la famosa película, la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Lo mismo ocurre con las artes escénicas, tienen que ser universales, porque van destinadas a un público universal, pueden tener colores, pero no banderas, pueden tener perspectiva, pero no género. Lo que nos hace crecer, lo que nos enriquece, es la diversidad. Creo que el camino que pondrá fin a la discriminación no pasa por hacer visibles a las mujeres, sino por difuminar los filtros que distinguen a unas de otros, de manera que la letra A no genere horas de debate y el buen hacer sobrepase las etiquetas de género. De hecho, no hay más que echar un ojo a las nominaciones para ver que este año Thalía ha bailado en euskera e interpretado en catalán.

El llamado de Eneko Gil contra el boicot a espectáculos vascos desgarró mi ingenuidad de espectadora, porque al igual que no me fijo en el género de los que suscriben cuando compro una entrada, tampoco lo hago en el color de su bandera. Las artes escénicas no tienen sentido sin su público, y éste es plural, multicultural, global, y por supuesto que tiene una identidad, pero no se siente amenazado por no verla reflejada encima del escenario. Usar el nacionalismo para frenar la cultura es paradójico y el colmo del sinsentido, además de que no es nada moderno: ya lo intentaron hacer los nazis con los artistas degenerados como Mendelssohn y no acabó nada bien.


Eneko Gil desgarrando mi ingenuidad de espectadora

Los que sí acabaron fueron los Max 2017, celebrados el día que nació Lorca. Me fui a la cama pensando en todas las capas bajas del iceberg que no habíamos visto en la gala: la generosidad de la entrega a un trabajo tan efímero, el esfuerzo diario, la imaginación como ciencia aplicada a la escena, la capacidad de transformar emociones y compartirlas con un público tan diverso, latir y respirar en el teatro cuando ya no se concibe otro tipo de vida.

viernes, 2 de junio de 2017

Los navegantes sí que saben

Qué desagradable el último montaje de La Nave, qué incómodo que en el TAC lo hayan programado justo antes de la hora de comer, porque en Europa, tenemos hora de comer, y no nos gusta que el teatro, los informativos o el vecino del quinto que cuelga pancartas en su balcón incluso cuando no hay fútbol, nos la jodan, pero como dice Lola Blasco en Fuegos: las matanzas se perpetúan por las ideas de las naciones bien educadas. Y Europa es un conjunto de naciones bien educadas, de ésas a las que las matanzas les estropean el apetito a la hora de comer. 

Coreografías que daban voz a la impotencia y la rabia

Ése era más o menos mi pensamiento cuando salí de ver Fuegos el domingo, conmocionada por la visión pesimista de denuncia de los navegantes, optimista por los gritos que piden un cambio social, divertida tras haberlos visto cabalgando sobre su propia música por el espacio escénico como las valkirias de Wagner, aterrada de pensar en que Diógenes se equivocaba: hasta el sol pueden quitarnos.

"No hay una tierra prometida en ninguna parte"
Fuegos, con el sello inconfundible de juventud de los navegantes, es un grito desgarrador de denuncia social sobre la actitud de rechazo o indiferencia que muestran algunos sectores de la sociedad ante el drama de la inmigración. No se puede ver Fuegos sin sentir una quemazón en el interior, un pellizco de culpabilidad en el hígado, por lo que creo que la denuncia llega a su diana. Como en otras ocasiones, La Nave hace un trabajo de creación colectiva a partir de la reflexión sobre un tema social, y el planteamiento suele ser visceral, comprometido, un poco dicotómico, un mucho de radical y con un mensaje que se extiende por las gradas como una onda expansiva, porque, ¿de qué sirve ser joven si no puedes lanzar ondas expansivas?

"Si la tierra tiene corazón, ya no se escucha su latido"
El tema abordado en Fuegos es muy complejo, tanto como las diferentes situaciones que impulsan a una persona a abandonar la tierra en que nació: la guerra, el hambre, el miedo. Frente a ellas, las situaciones de quienes los recibimos en una sociedad que no ha sido educada para ser multicultural: la desconfianza, el rechazo, el egoísmo, la inseguridad disfrazada de supremacía, el olvido del pasado reciente. Coordinados muy acertadamente por Nina Reglero y Carlos Nuevo, los navegantes se han atrevido a hacer ese desagradable viaje en el tiempo, a bucear en nuestro pasado y presente, en las espirales de la violencia y la desigualdad (#hatersgonnahate), ésas que les han hecho gritar y correr sobre un espacio escénico exquisito en detalles simbólicos.

Como buen performance, Fuegos es vertiginoso, multidisciplinar, colectivo, espontáneo, sin embargo, sabemos que responde a un proceso de maceración generado durante un viaje en el tiempo que La Nave comenzó a principios de este curso. Es un lujo sentarse en las gradas y recibir como un todo las vivencias destiladas en distintas disciplinas escénicas de este grupo de jóvenes, verlos bailar, interpretar, cantar, tocar instrumentos, dibujar...El texto de Lola Blasco con aportaciones de los navegantes cabalga en el tiempo hacia adelante y hacia atrás, nos muestra a Marah Rayan, con su terrible historia de desarraigo y destierro, y a los navegantes sénior, que rescatan el horror de nuestro pasado más reciente.
 
Lo mejor: los abrazos del final, preciosa canción

Fuegos se ha alzado con el premio al Mejor Espectáculo de la Estación Norte del TAC, un premio al espectáculo, pero también al proyecto, ése que ha mostrado que, a pesar de que Valladolid no tiene mar, las semillas del teatro vallisoletano viajan en barco, por algo estamos en tierra de almirantes. Más allá del mensaje principal de Fuegos, a mí me ha llegado otra denuncia que me ha hecho sentir culpable, con uno de los últimos gritos del espectáculo: ¿Y tú qué sabes? Si hay jóvenes que no saben, es porque los adultos de hoy no se lo hemos explicado bien. El odio y la violencia se retroalimentan en una espiral dialéctica que atraviesa las generaciones, sólo el amor, el arte o el perdón pueden frenar este avance. Los jóvenes navegantes sí que saben.