sábado, 10 de junio de 2017

El iceberg de los Max

Quienes me conocen bien, saben que la manzana es mi fruta favorita, así que los Premios Max unen dos de mis pasiones. El lunes me senté ante un bol de ensalada dispuesta a dejarme sorprender por el teatro mientras disfrutaba del broche de oro musical que constituyó Noèlia Pérez. Todo parecía perfecto. Disfruté de la gala como disfruto del teatro, pero a pesar de su combinación de música, humor y danza entre los premios, y de la fantástica sorpresa de Carles Santos, la gala me pareció un enorme iceberg congelado como el manzano blanco del escenario.

El teatro es tan grande como la vida, por eso es inabarcable en una gala anual y sólo vemos los picos del iceberg. El teatro, como el Polo Norte, se derrite, aunque los políticos nieguen la crisis y el cambio climático, pero el lunes no tocaba tragedia. Con una serenidad que ya presagiaba el precioso discurso de Távora (Premio de Honor), se habló de Amor, de tolerancia, de circo, de ganas de trabajar, de equipo, de cultura, de reconocimiento al público, de respeto a la diversidad, de compromiso social, porque un teatro que no provoca la reflexión, que sólo refleja lo que el público quiere ver, no perdurará cuando el público sea otro.


Távora, gigante, con la humildad de los grandes genios

Ni han ganado todos los que me gustaban, ni me gustan todos los que han ganado, pero he disfrutado muchísimo manzana tras manzana escuchando palabras que vertían optimismo sobre el futuro de las artes escénicas, agradecimientos que a veces se transformaban en versos, como en el caso de Ron Lalá (por favor, no encontréis la vacuna que cure la Cervantina) o en danza, como ocurría en los pies de Rocío Molina. La sencillez y el cariño con que han hablado los premiados honra a todas las capas del iceberg que quedaron finalistas o ni siquiera eso, y que a diario hacen un gran trabajo, porque en la escena de este país hay mucho arte.

Rocío Molina expresándose como mejor sabe
El lunes no vi a nadie llorar por no tener un tirador para su cisterna, aunque me consta que muchos lo tienen difícil hasta para pagar a quienes les descargan la furgoneta, no vi alegatos políticos, aunque se habló a las instituciones, no vi el foco puesto en el glamour, sino en el duende. Sólo dos cosas me dejaron congelada como el iceberg: la reivindicación de la visibilidad de la mujer en las artes escénicas y la alusión al boicot por causas nacionalistas.

Como dice El cartero de Pablo Neruda en la famosa película, la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Lo mismo ocurre con las artes escénicas, tienen que ser universales, porque van destinadas a un público universal, pueden tener colores, pero no banderas, pueden tener perspectiva, pero no género. Lo que nos hace crecer, lo que nos enriquece, es la diversidad. Creo que el camino que pondrá fin a la discriminación no pasa por hacer visibles a las mujeres, sino por difuminar los filtros que distinguen a unas de otros, de manera que la letra A no genere horas de debate y el buen hacer sobrepase las etiquetas de género. De hecho, no hay más que echar un ojo a las nominaciones para ver que este año Thalía ha bailado en euskera e interpretado en catalán.

El llamado de Eneko Gil contra el boicot a espectáculos vascos desgarró mi ingenuidad de espectadora, porque al igual que no me fijo en el género de los que suscriben cuando compro una entrada, tampoco lo hago en el color de su bandera. Las artes escénicas no tienen sentido sin su público, y éste es plural, multicultural, global, y por supuesto que tiene una identidad, pero no se siente amenazado por no verla reflejada encima del escenario. Usar el nacionalismo para frenar la cultura es paradójico y el colmo del sinsentido, además de que no es nada moderno: ya lo intentaron hacer los nazis con los artistas degenerados como Mendelssohn y no acabó nada bien.


Eneko Gil desgarrando mi ingenuidad de espectadora

Los que sí acabaron fueron los Max 2017, celebrados el día que nació Lorca. Me fui a la cama pensando en todas las capas bajas del iceberg que no habíamos visto en la gala: la generosidad de la entrega a un trabajo tan efímero, el esfuerzo diario, la imaginación como ciencia aplicada a la escena, la capacidad de transformar emociones y compartirlas con un público tan diverso, latir y respirar en el teatro cuando ya no se concibe otro tipo de vida.

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